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jueves, 8 de julio de 2010

En los desfiladeros del estereotipo, el prejuicio, y su travesía hacia la construcción de la masculinidad

Fuente original en la web de la organización pública Desarrollo integral de la familia DIF del estado de Guanajuato, México
AUTORA: JIMENA SILVA SEGOVIA [1] ANTOFAGASTA, CHILE, 2008

Introducción: Refrescando la memoria
El primer autor que usó el concepto estereotipo desde una perspectiva clásica y con el sentido que actualmente posee, fue Walter Lippmann. A principios del siglo XX aparece su primer estudio sobre Opinión pública. Lippmann, buscaba producir conocimientos sobre el mecanismo de componer páginas de periódicos. Cuando establece dicha comparación equipara la estereotipia a un proceso que, aunque móvil, es eminentemente rígido: modificar páginas compuestas mediante la estereotipia no es imposible pero es una tarea ardua, compleja y sumamente costosa. Así también suele ser el trabajo de vencer los estereotipos mentales arraigados en las relaciones sociales, sobre la ubicación de hombres y mujeres en los distintos campos sociales asociada a cuotas de mayor o menor prestigio.

Las instituciones dominantes incluyendo los medios de comunicación, y en especial los audiovisuales (cine, televisión y publicidad), se han ido convertido en poderosos dispositivos de control social, generadores y difusores de estereotipos, a la vez, socializadoras con un peso específico en la perpetuación de las diferencias. (comentar publicidades de cerveza y ace) Así mismo, tienen asignado un rol significativo en su hipotética modificación. Estas instituciones generan códigos distintivos jerarquizados de lo que es aceptado o rechazado. El lugar de lo pasivo o lo activo en las relaciones sociales.

Estas relaciones son dinámicas, circulan acciones y reacciones que las modifican constantemente. Frente a la emergencia de sujetos sociales innovadores (mujeres en el poder, hombres negros en puestos de jefatura o líderes políticos, homosexuales con derechos civiles, etc), los estereotipos operan y se activan como mecanismo de defensa frente a lo que rompe con lo que el statu quo dominante pretende o ficciona (mujeres en los privado, hombres en lo público, grupos étnicos invisibilizados y silenciados. Estos funcionan con mayor frecuencia como actitudes o acciones de carácter negativo (relacionados con los extragrupos, es decir, l@s otr@s) que los de carácter positivo (propios del intragrupo, nosotr@s, generando violencias (femicidios, agresiones, insultos, exclusiones).

Prejuicios, estereotipos y discriminación
La relación entre prejuicio, estereotipo y discriminación, como conceptos es muy estrecha. Este modo de abordar la relación existente entre estos términos parte de una concepción clave: se encuentran íntimamente articulados al concepto de actitud en sus tres componentes: cognitivo (lo que he aprendido de mi lugar en el mundo), afectivo (el miedo o el sentimiento de amenaza que me provoca) y conductual (mis reacciones frente a los cambios o situaciones nuevas). (Mostrar publicidad española de axe).

Función de prestigio
Prejuicios y estereotipos son fundamentales para la socialización de género y la construcción del elemento simbólico de prestigio que cada sujeto adquiera en su contexto de acción: facilitarían la adquisición de identidad social, conciencia de inclusión, valoración y pertenencia grupal. Cada persona al aceptar su lugar en el mundo e identificarse con los estereotipos dominantes en dicho grupo, garantizaría su permanencia e integración en su grupo y la perpetuación de la diferencia. Por ejemplo, la socialización de género basada en la división sexual del trabajo, que ofrece mayores o menores cuotas de prestigio, asigna ciertos roles, y define ciertas actitudes según el sexo de quien lo desarrolla. (En distintos contextos, mientras mas diferencias existen, más tensiones se generan, en los grupos, lo que moviliza y convulsiona la sociedad, generando diversos niveles de violencias).

Ideologías de género asociadas al prestigio.
Una perspectiva que permite abrir un camino de transformación de esta división sexual de la vida social, tan arraigada de las distintas culturas, se encuentra en el trabajo deconstructivo de las ideologías de género vigentes. Esta comprende los significados acerca del valor social atribuido al macho y la hembra, lo masculino y femenino, al sexo y la reproducción en una cultura determinada. Formas de pensamiento definidas como sistemas de creencias instaladas en el imaginario social, (ideas y creencia arraigados en las mentalidades) explican cómo y por qué se diferencian los hombres y las mujeres. Sobre esa base ideológica se especifican derechos, comportamientos, roles, controles, libertades, responsabilidades, restricciones, castigos y recompensas diferenciales. Así también se valoran, su producción y su discurso dependiendo del lugar que ocupan en el escenario sociocultural (matiz de la piel, pertenencia étnica, orientación sexual, edad, etc).

En base a la circulación y evolución de las ideologías, a propósito de los movimientos sociales (guerras, revoluciones, artes, música, lenguajes etc) es posible ir modificando las relaciones masculino- femenino en el sistema social. A su vez ampliar el análisis de la circulación de los poderes en la realidad, desde una perspectiva crítica. Como categoría analítica, la perspectiva de género, ofrece visiones diferentes sobre las tensiones de la sociedad. Produce un discurso social emergente, como consecuencia de luchas y conquistas de mujeres y hombres comprometidos con la equidad. A su vez obliga a los gobiernos –de un modo u otro-, la incorporación de políticas públicas que amplían los derechos ciudadanos (sexuales, reproductivos, laborales etc). Dinámicas sociales que en la actualidad, luego de grandes crisis teóricas y de acciones políticas, van contribuyendo a la búsqueda de formas de relaciones de convivencia, que avanzan hacia la equidad.

Valores y estereotipos asociados al género
La tarea más compleja se encuentra en la modificación de los valores de prestigio arraigadas en las mentalidades e ideologías. Estos, asociados al género circulan en lo cotidiano a través del lenguaje cargados de diferenciaciones y distinciones (desde la perspectiva bourdiana) operando como dispositivo mentales de sujeción a ciertos roles, tanto para hombres y mujeres. Esta es una de las formas que adoptan los estereotipos articulados a preconceptos o prejuicios. Luego traducidos en comportamientos, se nutren en las creencias populares sobre los atributos de las personas, clasificándolas en jerarquías sociales (de mayor o menor visibilidad y valía según niveles, estratos o clases) y sobre los que hay un acuerdo sustancial o convencional., (por ejemplo hombres proveedores, fuertes, conquistadores, mujeres dóciles, obedientes o frágiles).
Todas, ideologías que reproducen conformismo y abnegación en torno a las normativas dominantes, las que se mantienen a fuerza de gratificaciones simbólicas otorgadas a quienes se manifiestan obedientes a la normativa. La constatación del cumplimento de estos mandatos ideológicos da cuerpo a lo que llamamos “normalidad”. Los normales, siguiendo a Foucault, se ubican en el bien hacer la norma, en la aceptación de las regulaciones dominantes, y les facilita la pertenencia a los grupos reconocidos como prestigiosos. Estos van presionando desde las instituciones reguladoras y educadoras, encargadas de instalar la obediencia en los sujetos.

No debemos olvidar que las personas, para ser reconocidas como tales, intentan ser coherentes con lo que el grupo social de mayor prestigio, espera de ellas ya que lo contrario supone marginalización, sanción, exclusión o locura. Por tanto encierro.

Esta trama de relaciones sociales, nos ayuda a comprender el funcionamiento de los sistemas de género, sostenidos y alimentados por diversas normativas, estructurando instituciones de control y orden (cárcel, manicomio, escuela, iglesia). En ellas, se encuentran tensionados grupos de hombres y mujeres, según su pertenencia de género y clase. Allí, en las instituciones los puestos clave de poder se distribuyen de manera vertical sin embargo éste también es poroso, entramado. De esta manera, en el manejo y control de las sociedades, entonces, se producen transformaciones, giros, y estos movimientos dependerán de los capitales cargados de poder a los que cada grupo accede (desde Bourdieu). Así también el uso de los espacios públicos, se distribuyen de manera excluyente, generando distancias entre clases, entre género y a su vez intragéneros.
Todos, conflictos sujeto-sociedad que contribuyen a la pobreza y la violencia social, que afecta a hombres y mujeres, donde la población de mayor impacto es la femenina.

No cabe duda de que ha habido un cambio gradual de perspectiva en la últimas décadas, y que los factores culturales son más frecuentemente acentuados, aunque sea como telón de fondo o como conjunto de restricciones que influencias las prácticas económicas o políticas. Considero que el problemas más complejo de nuestros pueblos se encuentra en que las representaciones culturales y el significado de los sistemas simbólicos no ha sido suficientemente problematizado, con excepción de los grupos de investigadores/as que trabajan sobre sexualidad y que empezó a tener mucho énfasis a propósito de la expansión de SIDA, y a la vez en estudios que tratan el problema de la violencia.

Precisamente son las representaciones sociales de género las que se resisten al cambio perdurando en América Latina, y alimentando estas dicotomías estereotípicas sobre la imagen del hombre fuerte y dominante y de la dócil y sumisa mujer. Ficciones, representaciones que requieren ser cuestionadas, precisamente en este siglo XXI, en que las identidades masculina y femeninas, se caracterizan, por ambivalencias, contradicciones y diversidades.
Considero que estos vacíos en las transformaciones de mentalidades en nuestros pueblos, son en gran medida responsables de la emergencia de la violencia, con término de muerte, por lo que urge trabajar sobre la comprensión de las identidades de género y especialmente las masculinas.

Machismo-masculino
Una de las representaciones más potente e inconfundible, asociadas a América Latina, es la imagen y figura del macho, y sus derivados conceptuales como machismo y machista.
Este término según las reflexiones de Enrique Gomariz, Sonia Montecino, José Olavarría entre otros, se ha mantenido en el tiempo, desplazándose por el mundo y ganado nuevos sentidos simbólicos.

Es importante tener en cuenta que a pesar de la capacidad de ubicarse en distintos escenarios el término macho e incluso machismo, no ha sido objeto de una revisión analítica contundente. Más bien ha sido utilizado de un modo automático, por constituirse en un concepto común. Es usado por todos, hombres o mujeres, para caracterizar a un “verdadero hombre” o para denigrar a un hombre “que no se hace cargo de sus responsabilidades”. También es parte de una suposición más general, es decir, se supone que todos conocen lo que es un macho y por lo tanto pareciera no requerir de más explicación.

Esta falta de interés por profundizar en la comprensión del concepto de macho da cuenta también de una falta de interés, de lo que constituye la masculinidad. De un modo más extensivo en los sentidos de las construcciones de género.
Resulta, entonces, particularmente importante que en la actualidad así como lo refleja este evento, exista una creciente preocupación, principalmente en las instituciones relacionadas con la sexualidad y la familia, por estudiar los procesos constitutivos de la masculinidad, en sus diversos sentidos, que dan cuenta que la masculinidad no está necesariamente enraizada en el término macho. Sino es una construcción tan diversa como el mismo concepto de identidad.
Más bien, en A latina, se han constituido redes de investigadores en masculinidad, tales como la red de FLACSO Chile, Perú, Argentina, Brasil, México, entre otras, que han logrado desarrollar nuevos conocimientos que permiten enriquecer las nociones de masculinidad de lo que significa ser hombre, contribuyendo a desmitificar las nociones homogenizantes, de lo que es ser un hombre latinoamericano. [2]

Una de las grandes tensiones de género y masculinidad, se encuentra entre los hombres jóvenes y mayores. Los cuales alimentan prejuicios y estereotipos al interior del género masculino. Por ejemplo aquel prejuicio y estereotipo que se dirige al hombre joven ubicándolo como despreocupado, irresponsable, como “adolescente”, improductivo, poco comprometido con los procesos sociales. Figura que en Chile se sostuvo en el dicho popular de los jóvenes: no estoy ni ahí. Y en Mèxico hacerse el Pato.

En contraposición con el prejuicio y estereotipo impuesto al hombre mayor, versus el hombre joven. Encontramos que al hombre mayor se le impone la representación del “padre”, proveedor, autoridad y disciplina. Es el adulto asentado y responsable, en oposición, a la figura del joven jugador de fútbol, figura masculina emergente que condensa el esterotipo de la masculinidad popular. Esta se encuentra asociada a simbolismos nacionales específicos, no coincide con la imagen de la autoridad y disciplina, más bien al revés es el macho, resistente, deslenguado, a veces indisciplinado y cuando llega a la cima, play boy. Sin embargo con todo, elevado y mitificado. Como ícono se encuentra amarrado a nociones de conquistas, triunfos y éxitos, que mueve grandes masas y pasiones y al cual se le perdonan los desvaríos.

Estas dos figuras se construyen en oposición, adulto-joven, generando modelos intergeneracionales tensionados y a la vez anudados. En los grupos de hombres, que no entran en este modelo se les puede generar conflictos entre poder y autoridad.
Violencias tales como el imperativo de la etiqueta, donde por ejemplo, en ese modelo de hombre, el hombre homosexual no tiene cabida. Este hombre, que puede no ser padre, ni el duro jugador de fútbol o de rugby rompe con los estereotipos y la norma de la masculinidad hegemónica.
Estos son solamente un par de ejemplos que nos permitirían entender la noción de la masculinidad falogocentrada, de la sexualidad masculina. Sin embargo, existen otras nociones, como el valor de prestigio que vincula masculinidad y trabajo. Un hombre empoderado y prestigioso en su grupo de pertenencia es aquel que posee trabajo, ya que lo articula a capitales simbólicos como el dinero, el grupo y un saber hacer con su tiempo y su cuerpo entre otros procesos.
Para construir las sociedades que queremos, con democracias plenas, y relaciones de convivencia equitativas, necesitamos reconocer a los sujetos emergentes. Es necesario explorar los diversos significados de las experiencias subjetivas de lo hombres, junto con los discurso específicos de lo femenino. Sabemos que en la socialización masculina todavía se encuentran férreamente arraigados el discursos clásicos sobre ser hombre.
Ubicados en antagonismo a la mujer. Ser hombre es no ser mujer. Lo que marca una distinción prejuiciado sobre el valor de los femenino.
En las investigaciones sobre sexualidad, nos damos cuenta que en la práctica existen tantas formas subjetivas de ser hombre que los patrones de socialización más recurrentes resultan violentos.
La mayor tensión entre los hombres, a propósito de las nociones prevalecientes de masculinidad, es la que se da entre el responsable padre/marido, es decir el hombre asentado, cuya vida se limita la trabajo y a la casa y el hombre/mujeriego, irresponsable, nómada, seductor, visible, rodeado de amigos. Este hombre además se lo asocia con los éxitos políticos y las relaciones de poder y dominio. Otro conflicto importante que se observa entre los hombres jóvenes y adultos, es que el hombre adulto observa en el joven la pérdida de la juventud y libertad y lo empuja permanente mente a que asuma un rol como ciudadano responsable y padre potencial.
Todas comprensiones de sentido tomadas de las imágenes dominantes de género, las que clasifican masculinidad o feminidad. Estas toman como parámetro central el rol, la función, la apariencia, dejando fuera representaciones alternativas y las diversidades que no logran conquistar un espacio en el imaginario social dominante.

Propuestas para el cambio social. Democracia de género.
Lograr un cambio profundo en las sociedades, significa incrementar el trabajo en los espacios mixtos, institucionales, sociales, para establecer compromisos a favor de la equidad de género. Pero sobre todo se trata de tener claro que el escenario es el del conjunto de la sociedad y no únicamente el de la población femenina o masculina.
La propuesta se funda en promover prácticas de consenso teórico, donde se comprenda que la categoría de género no es sinónimo de mujer, sino un instrumento que permite analizar las relaciones de poder. En este trabajo, el más duro que toca enfrentar es el de la violencia de género, que obstruye el camino a la equidad y la democracia de nuestros pueblos. Violencia que viven los niños-varones, los hombres-jovenes, los hombresancianos, los hombres-pobres por su ubicación en el campo y su limitado acceso a capitales.
Precisamente son las deficiencias de las democracias en las sociedades, las que producen
convivencias infiltradas de prejuicios y estereotipos.
No es mi intención desarrollar la propuesta en extenso, sólo dejar la inquietud. Esta parte del reconocimiento de la discriminación histórica de las mujeres y del reconocimiento del valor de los movimiento de mujeres. Estos lograron ubicar la problemática del género en las agendas públicas internacionales. Trata de poner en práctica la idea de que el enfoque de género incluye a todos los seres humanos, por lo que convoca a hombres y mujeres a una tarea que implica al conjunto de la sociedad.
Examina con rigor los cambios sucedidos en materia de género y entiende la acción positiva con criterios de justicia, que eviten injusticias compensatorias hacia los hombres.
En conclusión, el trabajo que debemos proponer en las instituciones de Estado que se ocupan de la protección de la familia, es un esfuerzo por la inclusión y por un perfeccionamiento de los mecanismos de negociación de los conflictos. Esta propuesta no excluye los espacios autónomos para el desarrollo pleno de mujeres y hombres, centra su preocupación en las relaciones entre hombres y mujeres y el desarrollo de toda la sociedad. Es también genero-inclusiva en el plano del enfoque metodológico con que se abordan las intervenciones familiares e individuales: incluye todas las herramientas que permitan avanzar hacia la equidad: empoderamiento, igualdad de oportunidades, trabajo con los hombres. Supone una ampliación de los criterios de formación académica de los/as profesionales que atienden estos fenómenos (juece/zas, fiscales, policías, médicos/as, psicólogos/as, etc) y su combinación depende del diagnóstico que se haga en materia de género (atendiendo las problemáticas masculinas y no solamente la situación
de las mujeres).
1 Psicóloga Social, Magister en Género y Cultura, Dra ©en Antropología Sociocultural. Docente investigadora de la Universidad Católica del Norte, Antofagasta y la Universidad Central, Antofagasta.

2 Investigaciones de importancia desarrolladas por la red de masculinidad de la Facultad de Estudios Latinoamericanos Chile (FLACSO-Chile), mientras que las investigaciones de Eduardo Archetti, en Argentina, los trabajos de Annick Prieur de la homosexualidad en México, los trabajo de Christian Krohn-Hansen en Santo Domingo, los trabajos de Norma Fuller, en Perú, sobre los hombres populares, entre tantos otros, que exploran las diversas competencias sociales de los hombres, desde distintos ángulos, interesándose principalmente en al significado local de cada grupo investigado, de la sexualidad masculina, de la homosexualidad, bisexualidad, violencia. En ese plano los trabajos de Rita Segato en Argentina, sobre las estructuras elementales de las violencias resultan esclarecedores para la investigación de la masculinidad.
Nota para el lector, si se quiere emplear la siguiente información para fines acádemicos se recomienda revisar la fuente original en la web de la organización pública Desarrollo integral de la familia DIF del estado de Guanajuato, México: http://www.dif.guanajuato.gob.mx/masculinidad/jimena_silva_s.pdf

viernes, 2 de julio de 2010

Construcción de la ciudadanía sexual. De sujeto sujetado a agente de cambio

Construction of sexual citizenship. From a subjected subject to an agent of changes

Por Clive Echagüe Alfaro y Jimena Silva Segovia *


Resumen

El núcleo de interés de este artículo, se ubica en las actitudes homofóbicas manifestadas en algunos sectores de la sociedad chilena. Éstas se analizan a través del caso de dos funcionarios de Carabineros de Chile, uniformados que fueron discriminados y presionados para renunciar a sus cargos por su orientación sexual. A nivel teórico, se pretende comprender la formación del sujeto masculino en esta institución, además cómo la institucionalidad es capaz de moldear la identidad sexual o de género. Para ello, se considera el estudio de las figuras simbólicas de masculinidad y virilidad, las cuales se articulan como comportamientos impuestos al género masculino, a partir de la socialización primaria hasta la institucionalización. Con este caso se puede ilustrar la circulación del poder institucional adscrita al discurso normalizador que penetra los procesos identitarios. En las conclusiones se exponen las vicisitudes que estos dos funcionarios, sujetos a los mandatos institucionales, logran emerger como agentes, empoderándose de derechos y obteniendo el reconocimiento de su elección de género, desbordando el poder y la censura de la organización.

Abstract
The cornerstone of this article are the homophobic attitudes noticed in some sectors of the Chilean society. Which, is analyzed in a case of two chilean Police man. Both officers were forced to quit their jobs because of their sexuality. On a theoretical view, it’s a main objective is to raise masculine workers in these institution (Carabineros de Chile). As well as, the institution is able to raise gender and sexuality. This, its considered, the study of masculine and virile symbols, which are behaviours established in the former socialization to the institutionalization. In this case, the institutional circulation of power can be illustrated,this one is inscripted in the normaliztion disscurse that takes over the identity processes. In the summaries are exposed the visceral situations, both officers are exposed to in the institution, which provoces facts to decrease their rights.They achive their sexuality rights recognizement overflowing the power and institutional censorschip.

Introducción

Desde la década de los años ochenta que las organizaciones de diversidad sexual vienen luchando por los derechos humanos de las minorías sexuales. Estos movimientos sociales, se han traducido en algunos avances legales como la derogación del artículo 365 del Código Penal chileno que penalizaba con cárcel las relaciones consentidas entre dos personas adultas del mismo sexo. Sin embargo, la violencia que se ejerce sobre hombres y mujeres, lesbianas, gays, transgéneros y bisexuales, se sigue registrando en los distintos medios de comunicación. Expresiones de dicha violencia, se visibilizan año tras año, como el incendio provocado en la discoteque “Divine” de Valparaíso en el año 1993, donde hubo casi una veintena de muertos (La Nación, 2006). Resaltan, además, la golpiza recibida por un travesti en la capital, el 19 de junio de 2004 (Opus Gay, 2004) y el ataque realizado por grupos neo-nazis contra un joven trabajador en el barrio El Golf (La Nación, 2006), entre tantos otros. Cabe destacar que desde 2002 a la fecha se han registrado más de 40 casos de personas transgéneros asesinadas, además de muertes que no han salido a la luz pública (Opus Gay, 2007), y denunciados por organizaciones de defensa de los derechos de las minorías sexuales. Es así como la violencia hacia esta población traspasa desde lo individual hacia lo institucional público de nuestro país. Es el caso que se expone en este ensayo: la controversial expulsión de dos funcionarios de Carabineros de Chile por su condición homosexual. Este hecho acaparó la atención de todos los medios de comunicación a nivel nacional. A lo largo de este trabajo, se pretende dar respuesta a la siguiente interrogante: ¿cuáles son las consecuencias de las tensiones de género de la sociedad chilena que se reflejan en la institución Carabineros de Chile?
Para responder esta pregunta, se trabajará desde una perspectiva socio construccionista y de género, que permita aproximarnos a la problemática central, desde los mecanismos del poder discursivo normalizador. Aproximación que sitúa la exclusión como núcleo central y la homofobia como su consecuencia. De esta manera, se quiere visibilizar la capacidad de agencia de los suboficiales denunciantes y exponer cómo esta confrontación con el sistema de hegemonía masculina imperante en la institución, se tensiona hasta vencer el silencio impuesto, resquebrajando una censura rígida y opresiva.
Masculinidad ofendida: exclusión y homofobia
Este trabajo intenta aportar a la defensa de los derechos humanos, en el sentido de vencer los discursos dominantes, sobre lo considerado normal y anormal; discursiva de base que forja los dispositivos de la exclusión hacia las minorías sexuales, la cual se instala en el imaginario social, alimentando la homofobia y generando violencia social. Las actitudes de discriminación contra las personas homosexuales, se han descrito de diversos modos durante los últimos 40 años. En 1972, el psicólogo George Weinberg publicó “La Sociedad y el Homosexual Sano” e introdujo un término que era nuevo para la mayor parte de los detractores, conocido desde entonces como homofobia. Con esta palabra, Weinberg claramente desafiaba el anquilosado pensamiento acerca del “problema” de la homosexualidad” (Herek, 2004:7).
Primeramente la homofobia fue entendida como “el miedo a estar con un homosexual en un cuarto cerrado” (Weinberg,1972 citado en Tin, 2003:35). Este concepto es bastante pobre, tomando en cuenta que el miedo es una emoción construida a propósito de la socialización, que crea imágenes aterrorizantes sobre ciertos eventos o personas. Mucho más explicativa resulta la definición del sociólogo Wetlzer–Lang (citado en Tin, 2003:125). Éste sugiere que la homofobia es la reacción “de modo más extenso, de la denigración sobre los hombres de cualidades consideradas femeninas y, en cierta medida, de las cualidades consideradas masculinas en las mujeres”. Además, se describen los distintos subtipos de homofobia como: “la homofobia particular”, ejercida contra gays y lesbianas, y la “homofobia general”, que toma forma social a propósito de la construcción y jerarquización de los géneros masculino y femenino” (Wetlzer-Lang citado en Tin, 2003:126). Estas definiciones dan cuenta de discursos que se han ido generando desde las distintas instituciones normalizadoras como la escuela, la familia, la milicia, entre otras. Discursos que circulan difundiendo contenidos sobre el bien y el mal, la moral, y ciertos valores dominantes al género masculino como, por ejemplo, la valentía y el coraje, la conquista de las mujeres, etc.
En los íconos de la masculinidad chilena, a nivel sociocultural e histórico, se pueden ilustrar figuras productos del discurso como el mapuche (figura guerrera y valiente), el huaso (figura masculina y llena de coraje), el “calichero de las pampas” (mujeriego y resistente), el minero (fuerte, trabajador, esforzado, sustento del hogar). Representaciones contenidas en el imaginario nacional, que supondrían una construcción de figura masculina, predominante en las raíces de la identidad chilena. En este escenario, se podría pensar que la sociedad nacional sentiría cierto temor y rechazo a la homosexualidad, a propósito de algunos comportamientos que pusieran en cuestión las figuras de virilidad del hombre, base de la familia; aquellas expresiones ligadas a lo femenino, débil y amanerado.
En el estudio estadístico realizado por psicólogos sociales, en el año 2008, con estudiantes universitarios, “Actitudes explícitas e implícitas hacia los homosexuales en Chile”, Cárdenas, Barrientos y Parra, midieron actitudes homofóbicas en una muestra de 73 hombres y 44 mujeres heterosexuales, de 17 a 25 años. Sus resultados revelaron que los hombres heterosexuales desarrollaban más prejuicios implícitos que las mujeres. Además, dieron a conocer que los prejuicios hacia los homosexuales no solo son explícitos, sino que también existen formas implícitas de discriminación hacia ellos. Estas actitudes también podrían ser comprendidas por la socialización de género, concebido como una norma internalizada desde los discursos dominantes sobre el ser hombre y mujer (Butler, 2006). Normativas socioculturales basadas en la sobrevalorización y prestigio de las cualidades consideradas masculinas y la desvalorización de las cualidades estimadas femeninas.
Estos y otros estudios dan cuenta que la homofobia se encuentra presente en los comportamientos sociales en Chile (FLACSO, 2001, 2002; Barrientos, 2005) y que en la actualidad esta forma de discriminación se refleja la mayor parte de las veces, a través de actitudes inconscientes, implícitas y automáticas. Además de modos más elaborados y sutiles, que en el pasado (Cárdenas et al, 2008). Estos hallazgos contribuyen a entender que si culturalmente la sociedad chilena, mantiene un comportamiento discriminador hacia los homosexuales, también se pueden encontrar en las instituciones. Más aún, en una forjadora de masculinidad hegemónica como Carabineros de Chile, entidad basada en un orden vertical y jerárquico que funciona a través de la obediencia escalonada.
El año 2007 se dio a conocer públicamente, a través de los medios de comunicación, el caso de dos carabineros homosexuales excluidos de la institución. En el mismo periodo, otro funcionario retirado afirmó haber vivido la misma experiencia el año 2002 (La Nación, 2007). En ese caso, las autoridades policiales al conocer su opción sexual, le presionaron a abandonar la entidad. Es conocido públicamente que al interior de Carabineros, se organizó un montaje que lo involucraba con drogas y narcotráfico; movimiento interno de la institución que garantiza su exclusión, no por su condición sexual, sino por violaciones al reglamento interno de la institución. Además, se dieron a conocer casos similares de homofobia policial como los de E.A.V.S y Manuel Rojas, junto a su pareja gendarme y la del ex subcomisario de Investigaciones, César Contreras. Es sabido que en ningún artículo del reglamento se estipula una sanción por homosexualidad en sus funcionarios.
En este artículo se estudiará el caso de los dos funcionarios que denuncian públicamente el año 2007.
Antecedentes del caso: “retiro voluntario”
El 10 de octubre del año 2007, el MOVILH (Movimiento de Integración y Liberación Homosexual) anunció por la prensa escrita y la televisión nacional que acusaría de discriminación a Carabineros de Chile, por la expulsión de dos funcionarios gays bajo presiones y acoso moral (La Nación, 2007). La organización dio a conocer la noticia, luego que estos uniformados fueran obligados a firmar su baja, determinación adoptada luego que se supiera que los funcionarios mantenían una relación amorosa de más de un año. La institución argumentaba que los policías habían firmado el acta voluntariamente. Esta denuncia causó revuelo nacional. El caso fue llevado a la Comisión de Derechos Humanos del Congreso Nacional. Los dos ex carabineros, Víctor Ricardo Rivas Pastrana (24), de la 11 Comisaría de Lo Espejo y Armando Esteban Salgado Jara (20), de la dotación de la 40 Comisaría de Fuerzas Especiales, ofrecieron su testimonio en distintos medios nacionales, a fin de informar sobre su experiencia de discriminación y homofobia, denunciando el 9 de octubre de 2007, a través del canal Chilevisión, que habían sido apartados de la institución (MOVILH, 2008)
Los afectados declararon haber sido amedrentados. “Ésta es una institución bien ‘machita’, le habían señalado sus superiores, para invisibilizar el problema. Además, para evitar que saliera a la luz pública, debía firmar la “baja voluntaria”, según lo declarado por el ex Carabinero Salgado al diario El Mercurio de Santiago, el 10 de octubre de 2007. En tanto la pareja de Salgado, el ex carabinero Rivas, fue amenazado con la divulgación de su vida privada y dar a conocer el asunto a su familia. Además, de la presión psicológica ejercida sobre él, ya que “le iría mal en la vida civil” y no podría “hacer nada fuera” de Carabineros, si esto se sabía (El Mercurio, 2007). Estos antecedentes, los decidieron a buscar ayuda legal para resguardar sus derechos y reincorporarse a la institución.
Marco de referencias teóricas
Para comprender el proceso reflexivo al que recurren los dos uniformados discriminados de Carabineros de Chile, partiremos desarrollando nociones como la formación del sujeto sujetado hasta llegar a una noción de agencia, que les permite accionar por su defensa y ampliación de derechos ciudadanos.
Formación del Sujeto
Sobre la formación del sujeto, Butler parte desde la noción de poder de Foucault, nombrando al poder como un ente ambivalente que tanto subordina como produce al sujeto. El poder no solo es condición de la existencia del sujeto, sino también una condición de su reflexibilidad, entendida como formación y funcionamiento de la conciencia. Para Butler, el momento de la formación de la conciencia se inaugura mediante una sumisión primaria al poder, que consiste en una dependencia sobre un discurso que inicia y sostiene su agencia (Butler, citada en Romano, 1999:315-316).En tanto, se puede apreciar como la institución ejerce y establece un poder previo, referido al discurso dominante, que produce y subordina a aquellos que deciden formar parte de un determinado grupo. Éste opera mediante un discurso que impone normas y un régimen de comportamiento. La institución está dotada de prácticas y normas sociales que no se pueden transgredir sin ser sancionados (Foucault, 2002), forjando de esta manera, emblemas y dogmas, que van sujetando a los miembros de éstas, imponiendo de manera implícita y explícita prácticas (dotadas desde el discurso) a través de las cuales, el sujeto va afirmando su condición como parte del grupo.Desde esta perspectiva, el sujeto va siendo sujetado a pautas de conciencia y reflexión específicas, acerca de cómo debería comportarse un hombre en los diversos escenarios sociales: la casa, la escuela, la pareja, la familia, las instituciones. En Carabineros de Chile este discurso se magnifica, idealizando la figura del “carabinero ideal”, (“un amigo en tu camino”) figura que se instala en el imaginario de la población y al interior de la misma institución con ciertos rasgos. Estos se caracterizan por esperar del carabinero un hombre protector, fuerte, dominante, valiente, intachable, infalible, entre otras características.
Los dos uniformados, al romper con lo establecido institucional y socialmente, con su opción sexual, transgreden las sujeciones y deben enfrentar la exclusión y, en el proceso por defender sus derechos, va emergiendo la agencia en ellos. Desde esta perspectiva, para que el sujeto emerja agente, debe establecerse una relación con el poder institucional, a través del cual son sujetados e intentan forjar su individuación (Foucault, 2002). El sujeto buscará desentrañarse, adquiriendo el sentido del “yo” por medio de esta misma relación. Desde la propuesta de Butler (1993) y Haraway (1995), el término agencia se aplica para comprender las transformaciones subjetivas, fundamentalmente por cuatro razones: 1) Porque nos permite entender la capacidad de actuar (agencia) no como propiedad individual, sino como posibilidad (poder hacer) compartida. Esto implica vincular la capacidad de acción con una concepción relacional del poder; y no entender ésta como un volumen de almacenamiento propiedad de un sujeto-agente. 2) Porque nos permite entender la acción como mediación entre flujos de acciones y vincular esta mediación al compromiso ético-político con una ubicación en el espacio social determinada -frente a las concepciones objetivistas de la acción que pretenden hablar desde ninguna parte (Haraway, 1995). 3) Porque nos permite incorporar la noción de responsabilidad como construcción semiótica y material de una entidad, acontecimiento o práctica como elemento dinamizador de la acción. 4) Porque subvirtiendo la distinción entre sujeto y estructura nos permite entender la capacidad de actuar como capacidad de generar conexiones entre entidades y procesos heterogéneos (Ema, 2004:14). De esta manera, luego de haber sido sujetados en una dependencia primaria con la institución, los dos carabineros generan una dinámica de negación de esta sujeción, con el fin de afirmar e identificarse como un “Yo” homosexual agente. Esto explicaría la ruptura que se produce con los emblemas propios de Carabineros de Chile como institución. Ésta forma a “sus sujetos”, subjetivándolos con el discurso que impone un “ideal ser carabinero”, toda vez que la homosexualidad se tipifica como una trasgresión de los valores tradicionales de la familia y la sociedad, en el discurso hegemónico heterosexual dominante. Así se puede observar en parte de su misión que dice: “Los valores que constituyen el pensar, sentir y actuar de Carabineros de Chile, son la fuente desde donde emanan las virtudes cardinales que desde siempre han acompañado a sus integrantes y desde las cuales cada hombre y mujer carabinero, potencia e impulsa su diario bregar. Éstos son: Prudencia, justicia, templanza, fortaleza, dignidad humana, protección de la vida, principio de proporcionalidad, secreto profesional, honestidad profesional, imparcialidad profesional, lealtad a la misión, y honor de Carabinero”.(…) “Ser una Institución integrada con la comunidad, que cuida de los suyos y se esmera en entregar un servicio de calidad, que la legitima y la hace requerida por la sociedad”. (http://www.carabineros.cl/).
Identidad sexual y de género
Siguiendo con el análisis sobre la homosexualidad, desde una perspectiva de la construcción de la identidad de género, éste es el mecanismo a través del cual se producen y se naturalizan las nociones de lo masculino y lo femenino, pero el género bien podría ser el dispositivo a través del cual dichos términos se desconstruyen y se desnaturalizan. De hecho puede ser que el mismo dispositivo que trata de instaurar la norma, funcione también para socavar esa misma instauración, que esta sea incompleta por definición (Butler, 2006:70).Además, Butler sostiene que el género es una norma, entendiendo ésta como un ente que opera dentro de las prácticas sociales, como el estándar implícito de la normalización. Las normas pueden ser explicitas; sin embargo, cuando funcionan como principio normalizador de la práctica social a menudo permanecen implícitas (esto viene a reafirmar los hallazgos realizados por Cárdenas, et al, 2008). La norma rige la transparencia, permite que ciertos tipos de relaciones sean reconocibles como tales, imponiendo una legibilidad sobre lo social y definiendo los parámetros de lo que aparecerá y lo que no, dentro de la esfera social (Butler, 2006). De esta manera, el sujeto espera, un estilo de comportamiento o una lectura de comportamiento sobre otro sujeto. Por ejemplo, un hombre sabría como tratar a otros en términos de distanciamientos. Bajo estos términos de distanciamiento, se espera que el otro actúe de determinada forma, de manera de recibir, por ejemplo, un abrazo con palmoteos en vez de un beso en la boca, lo que sería un código y una norma que el sujeto espera del otro.
Carabineros de Chile, como cualquier otra entidad que responde al discurso normalizador, de manera implícita adquiere las normas que conllevan el ser parte del género masculino. Esta adquisición hace posible que las acciones y las prácticas llevadas a cabo por ambos funcionarios sean legibles en la esfera social y dentro de su misma institución. En cierto modo, es la transparencia del género lo que los hace inteligibles a otros sujetos. Así se conciben relaciones más amplias y seguras en el proceso de socialización, incluyendo una serie de dispositivos tales como “el respeto a la institución” por parte de la comunidad, aunque no sea siempre de manera recíproca.


El mecanismo normativo del género naturaliza de cierta forma lo femenino y masculino, instaurándolos como señal determinante en los funcionarios, resaltando actitudes, orientación sexual; en definitiva; comportamientos que responden a las figuras varoniles. A su vez aprecia como se desconstruye y se rompe la normativa establecida, a través de un nuevo género: el “genero homosexual”. Según Wittig este tercer género promete trascender la restricción binaria del sexo impuesta por el sistema heterosexual obligatorio (Wittig, citado en Butler, 2001), fundamento de los discursos que responden a la base de la sociedad, la familia.
La identidad sexual está culturalmente construida como el género; tal vez siempre lo fue, con la consecuencia de que la distinción entre sexo y género existe como tal, entonces no tendría sentido definir el género como la interpretación cultural del sexo, si este es ya de suyo una categoría dotada de género. No debería concebirse el género sólo como la inscripción cultural del significado en un sexo predeterminado (concepto jurídico); también debe designar el dispositivo mismo, la producción mediante la cual se establecen los sexos entre sí. Como resultado, el género no hace a la cultura lo que el sexo es a la naturaleza; el género también es el género discursivo/cultural mediante el cual la naturaleza (naturaleza asexuada, “o un sexo natural”) se produce o establece como “prediscursivo”, previa a la cultura; una superficie políticamente neutral, sobre la cual actúa la cultura (Butler, 2001; pag 40).
El género culturalmente se podría interpretar como la noción de sexo, un imaginario que no concibe un tercer género. Es decir, las características son atribuidas a hombre-mujer por características de género y de sexo por iguales, como si el sexo dotado del género deviniera desde la naturaleza o de las supuestas leyes naturales. Podría decirse que estas características del sexo-género, son la base para la integibilidad de los sujetos y de la socialización, la normatización del género. De esta manera, se va generando la censura de la homosexualidad en las instituciones militares o policiales (Butler, 1997:217). Es de este modo cómo se van demarcando las diferencias entre sexos instaurando el sexismo y casi confundiendo este término con la masculinidad. Los sujetos van formando su identidad sexual o de género concibiendo estas dos como lo mismo, sin distinguir entre el género y el sexo. Hay sujetos que sin duda lo hacen, es el caso del travestismo, del transformismo, la homosexualidad, en donde los sujetos son capaces de separar género/sexo, género quizás como una alternativa u opción sexual, y sexo como el órgano sexual o el aparataje biológico al cual responden.
Asimismo, en las instituciones estas generalidades son interpretadas de tal manera, que van construyendo una base de sustento en lo legal, lo médico y en “lo natural”, siendo el gran sustento para esta concepción binaria del género, los principios de la sociedad, aún muy afiatado a los discursos públicos y privados de nuestra cultura. De esta manera, se articulan ciertas “facultades” que solo uno de los sexos puede cumplir, ¿Por qué una mujer no puede ser obrera?, ¿o taxista? Hoy se puede ver en el escenario social, pero hay organizaciones conservadoras de un discurso moderno, que no lo conciben y, por tanto, condenan estas prácticas. Ahora bien, con la entrada de la mujer a estos campos laborales se desborda y deshace lo que culturalmente hace al sexo. Se atribuyen características o trabajos solo para hombres en labores hechas ahora también por mujeres, asimismo como hay hombres que realizan actividades que deberían efectuar sólo mujeres, como es el caso de los primeros educadores de párvulos o estilistas.
La agencia de los dos ex uniformados permite cuestionar públicamente el accionar de Carabineros de Chile, por aplicar las concepciones binarias de género, imponiendo su concepto de masculinidad y respondiendo al sexismo imperante en la sociedad chilena. Se requiere la tarea de repensar las normativas institucionales, que contribuyan a la ampliación y modernización de las mentalidades, incorporando en el imaginario de Carabineros, la diversidad sexual que no excluye la eficiencia y efectividad del rol. Los ex funcionarios Rivas y Salgado son, sin duda alguna, claro ejemplo de esta modernización. Incluso el Presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, Sergio Aguiló, brindó su apoyo a los afectados declarando: “Estamos hablando de funcionarios jóvenes, muy bien calificados, de conducta intachable; son funcionarios con una gran vocación. Se detectó que estos funcionarios tenían una orientación homosexual y en base a aquello se les condenó y presionó para que ellos abandonaran voluntariamente la institución” (http://www.asociatividad.cl/).
Las construcciones sociales del género: masculinidad y virilidad
Dentro del lenguaje, el concepto ‘masculino’ no sólo nombra a uno de los sexos, sino que es un constructo pensado para identificar en lo humano, la razón (masculina). Ésta se valida en tanto es falocrática, dividiendo los dos sexos. De este modo, masculino asociado a hombre se entiende, en palabras de Ibáñez como “el término ‘hombre’ designado a la mayoría dominante y a la ley de la dominación: los hombres se dividen en hombres y mujeres. La intersección entre ambos conjuntos es vacía (los homosexuales son excluidos del escenario social) (Ibañez citado en Rodríguez, 2001:2). De esta manera, todo aquello que no esté inserto en el conjunto hombres o en el conjunto mujeres, no se reconoce como existente, es nulo.
Ser masculino apunta no solo a sexo, a “tener pene”, sino a una serie de características de género, a propósito de las concepciones heterosexuales y binarias del género, que denotan la virilidad. El hombre debe ser fuerte, grande, fornido. Así, física y psíquicamente, el ser masculino ubica al hombre en una jerarquía de mayor prestigio. A través de esta jerarquía, el hombre está situado socioculturalmente, más arriba que la mujer. Respecto a las jerarquías sociales, desde la primera institución como la familia, “el padre de familia” siempre está de alguna manera situado como el cabecilla de un sistema. Desde las concepciones bíblicas. el hombre y la mujer están en un orden: primero el hombre y luego la mujer. Estos discursos se han ido internalizando, producto de la colonización en un primer momento y luego la cristianización de los habitantes de Latinoamérica. Entonces estos discursos constituyen al género y al sexo socioculturalmente, forjando desigualdades entre los mismos. En Carabineros de Chile, por ejemplo, existen estas relaciones de jerarquía y mandato vertical, características institucionales que denotan la concepción binaria del género y la masculinidad, que son la base de sustento en la institución. Su himno, por ejemplo, expresa: “duerme tranquila, niña inocente/ sin preocuparte del bandolero,/que por tu sueño dulce y sonriente/ vela tu amante carabinero” (http://www.carabineros.cl/).
Particularmente esta estrofa alude a la figura protectora que se instala en el imaginario social sobre los miembros de esta institución, de una manera masculina. “Carabinero” en jerarquía de protección y vulnerabilidad a “la niña inocente”, que ilustra la simbólica central levantada en torno a esta figura. Asimismo, por ese carácter protector construido en torno a sus funcionarios, se inviste toda la institución de emblemas de heroísmo, intrepidez, bravura, características asociadas simbólicamente al sexo masculino; por tanto, la institución misma se levanta como ícono falocentrado.
El ser masculino-heterosexual implica, de cierta manera, una simulación (Baudrillard, 2002). Esto se explica en el sentido de que el ser humano al ser socializado bajo ciertos patrones rígidos de comportamiento, incorpora pautas que se traducen en guiones para la acción en la vida social. Estos guiones se internalizan al interior de los grupos socializadores inscribiéndose desde el discurso hasta la práctica. Ser masculino en sociedades jerarquizadas y autoritarias se impregna de sexismo, marcando desigualdades respecto al sexo y al género. En el caso de instituciones como Carabineros de Chile, en donde la masculinidad es un aspecto intrínseco, propio de aquella institución, imponer “orden” es una actitud o un imaginario que sitúan a estos hombres en razones de poder “por sobre los demás”. Un carabinero es más que un ciudadano común y corriente; debe ser, entre otras exigencias, masculino y, por ende correcto, intachable ante los ojos de una sociedad heterosexual dominante. Se consuma así una normalidad dotada de masculinidad y, por tanto, del simulacro masculino que engendra la institución y que produce también a sus miembros. Dentro de este simulacro masculino, la intersección entre ambos sexos “hombre y mujer”, masculino y femenino a la vez, un homosexual sería en este sentido, inadmisible (Rodríguez, 2001). El papel que puede cumplir un homosexual puede ser mirado desde las perspectivas masculinas, como una manera de intersección entre ambos sexos. En un sentido más simple, porque es un hombre que gusta de otros hombres y, por supuesto, ese es un comportamiento esperado en las mujeres.
Si un hombre es capaz de intersectar ambas funciones, masculinas y femeninas, es nulo e inteligible (Ibáñez citado en Rodríguez, 2001). Entonces, según estos postulados, en una institución como Carabineros de Chile ser homosexual y mantenerse en sus filas es una transgresión institucional, que amerita sanción ejemplificadora. Más aún, lo será hacer pareja al interior de la institución. Esta opción resulta un grave quebrantamiento de la base valórica y moral que sostiene la masculinidad hegemónica de Carabineros, al fragilizar el edificio normativo públicamente. Desde la perspectiva institucional, ésta se vería desvalorizada ante los ojos de la sociedad. Esta figura se ilustra en el discurso de:
El mayor Muñoz repitió la pregunta, pero esta vez indagó en su relación con Salgado. Rivas negó todo. La respuesta de Muñoz a las negativas fue dura: “Ya sabís ya, poh, firma tu baja voluntaria, si no te vai a ir por la puerta chica. Te va a ir mal en la vida civil, le vamos a contar a tu familia. La Dipolcar [Dirección de Inteligencia Policial de Carabineros] los investigó, tenemos pruebas, no me hagas abrir las carpetas” (Testimonio de ex carabinero Rivas, La Nación 14 de Octubre, 2007).
Como resultado de esta tensión entre la ampliación de las prácticas afectivas y sexuales de sus miembros y el orden interno e imaginado por sus representantes y la sociedad misma, los carabineros transgresores deberían salir de la institución. Se les expulsa, porque se ubican precisamente en ese punto de lo vacío, nulo, entre lo masculino y lo femenino. Simbólicamente se les niega realidad y existencia. Se les censura por hacer pública esta diferencia, quedando expuesta la homofobia como formas de respuesta, frente a lo aterrorizador que resulta lo “otro”, diferente o desconocido. La homosexualidad como una de las expresiones humanas que amenazan la regulación y normalización institucional a la que se someten sus autoridades y sus miembros. Esto demostraría que las instituciones policiales operan con cuotas de un poder instituido, como diría Castoriadis (1989) el que les ofrece continuidad a lo largo de la historia. Estos dos carabineros vendrían a ejercer otro poder instituyente, que es el que genera cambios, el que produce transformaciones, remece las estructuras generando desequilibrios. Poderes que hacen avanzar a las sociedades, que las flexibilizan abriéndose a nuevos discursos, nuevos lenguajes y nuevas prácticas.
El poder, el discurso normalizador y la censura
Como se ha explicado anteriormente, la homosexualidad es condenada por la institución a través de estos dos carabineros obligados a renunciar. Aquí situaremos el núcleo del problema: el sujeto anómalo que emerge como un monstruo, sujeto homosexual que correspondería, según Foucault (2001:61), al “monstruo sexual”, práctica considerada por la sociedad de tradiciones como una desviación, una malformación en el género o una enfermedad.
Me quitaron todo: mi uniforme, mi tica, mi placa. Me estaban echando como si fuera un delincuente. (Testimonio del ex uniformado Salgado en La Nación, 14 de Octubre de 2007) Según ese enfoque, que ha sido cuestionado por las convenciones de defensa de las minorías sexuales, resulta una violación a los derechos humanos, toda vez que estos sujetos cumplían con las exigencias reglamentarias de su función. Sin embargo, para una institución como Carabineros de Chile, esto es claramente inaceptable.
Rivas en un comunicado a la Radio Cooperativa el 11 de octubre del 2007 señaló: “nunca dimos que hablar, ni manchamos el uniforme (…) siempre mantuvimos en reserva nuestra relación”. Estos mecanismos de censura que operan entre los militares, están implicados en la eliminación de figuras como la homosexualidad por atentar contra las normas que gobiernan la masculinidad del sujeto militar masculino y femenino. Es posible pensar que el rechazo a la homosexualidad en el ámbito militar, responda a la idea de evitar el debilitamiento de la fuerza, cohesión y unidad, atribuida imaginariamente a la heterosexualidad como verdad imperante. Estos debates han sido ampliamente conocidos ya en Estados Unidos en los años 70’s, a propósito de la constante persecución de militares hombres y mujeres homosexuales. La “salida del closet” y la defensa de su derecho a pertenecer a instituciones uniformadas a nivel legal, logró la promulgación de políticas públicas implícitas de género y comportamiento sexual que favorecieron su permanencia y reinserción (Butler, 1997:217). En Chile el escenario, al parecer, es totalmente distinto. Casos como estos, pocas veces han salido a la luz pública y no se ha logrado grandes beneficios en términos de derechos para la población militar.
Aceptar que dos integrantes declaren su opción homosexual, en las filas uniformadas, resulta una empresa difícil para la institución de Carabineros. Fundamentalmente, si se toma en cuenta cómo opera el imaginario social al interior y al exterior de los cuarteles y en la sociedad. Este caso pone a la ciudadanía de frente a la discriminación y homofobia, como fenómenos que no logran emerger de los esquemas rígidos de pensamiento de la sociedad chilena. Pareciera que no se logra expandir las herramientas reflexivas con que se cuenta, hasta lograr armonizar prácticas con discursos, desarrollando dinámicas relacionales que fluyan en sintonía con los tiempos actuales y los procesos de subjetivación humana, que han avanzado y se han diversificado. La velocidad de los cambios es mayor en comparación con la capacidad instalada en las/los ciudadanos para comprender la diversidad. Como mecanismo de defensa todo aquello que se visualiza diferente, es excluido del campo de aceptación; actitudes que van alimentando la homofobia y la intolerancia de estas expresiones humanas, convirtiéndolas en “tabúes”. Estos grupos que optan por la diversidad sexual son ubicados como anormales o, simplemente, parias de una sociedad en vías de transformación, que requiere revisar constantemente el tipo de democracia que construye.


Conclusiones

Desde la exclusión hacia una ciudadanía sexual. La defensa de los dos carabineros En síntesis, la novedad imposible va produciéndose a través de diversos acontecimientos que comienzan por un primer acto que se constituye con la expulsión de los uniformados al hacer pública su condición sexual. El segundo acto, lo compone la denuncia por discriminación y homofobia. El tercero, su constitución en agentes de la defensa de sus derechos hasta los acuerdos para la reparación.
Los sujetos que demandaron: Salgado y Rivas se reunieron con la Subsecretaría de Carabineros para solicitar garantías al gobierno. A través de esta gestión lograron un apoyo del movimiento de integración y liberación homosexual (MOVILH), exponiendo y denunciando con pruebas, atropellos a los derechos de seis ex uniformados, entre éstos un ex integrante de Investigaciones, otro de Gendarmería. Juntos buscaron ayuda y orientación en la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados. Acciones que movilizaron a representantes de distintos estamentos del gobierno que manifestaron apoyo a su causa, algo trascendental para todos los sectores excluidos. La comisión pidió al Senado que aprobara en breve el proyecto de ley que establece medidas contra la discriminación, iniciativa que incluye a la “orientación sexual” y al “genero” como categorías protegidas, tras una lucha de 10 años liderada por el MOVIHL.
La agencia se logra ocupando los espacios públicos y los dispositivos de poder disponibles para la ampliación de la ciudadanía. Desde la denuncia inicial se produce un debate público sobre la homofobia policial, poniendo en el escenario un debate nunca visto desde la apertura a la democracia. Frente a estos acontecimientos, queda explícita la capacidad de agencia de los ex carabineros, ya que operan generando-subvirtiendo conexiones, actuando, conectando, desconectando y reconectando nuevos significados para su opción sexual y nuevas posibilidades de derechos ciudadanos, no sólo para ellos, sino para todo el colectivo de minoría sexual uniformada (Ema, 2004).
Su agencia les permita pasar de sujetos excluidos y discriminados hacia la construcción de protagonistas de sus alternativas de vida, que les facilita enfrentar o actuar la adversidad. En consecuencia, también, generaron nuevas subjetividades, se enriquecieron sus formas de pensar y actuar ante situaciones negativas. Su agencia ofrece perspectivas de cambio a otros ex miembros de Carabineros que habían sido sujetos de las mismas violaciones a sus derechos.
Con Foucault, sabemos que no existe sujeto-agente antes del poder, de tal manera que pueda ser coaccionado por éste. El poder está presente en las microfibras de las relaciones sociales y, en este caso, en el contexto de la institución de Carabineros, en los distintos niveles de las jerarquías, dependiendo de la capacidad de agencia de sus miembros.
Finalmente, como el acta de “renuncia voluntaria” ya estaba firmada, los dos funcionarios homosexuales debieron recomenzar sus vidas, ya no como carabineros sino como ciudadanos homosexuales: Frente a esta situación, el Ministerio de Educación les otorgó una beca para que pudiesen estudiar para así ejercer otra profesión, además de esperar que la justicia diera el pie para reintegrarse en la institución (El Mercurio de Santiago, 2007).
La agencia de estos dos ahora ciudadanos homosexuales, no quedó en la referida beca; con el apoyo del MOVILH y del abogado Alfredo Morgado, solicitaron la re integración a la institución el 3 de julio de 2008, haciendo referencia a que se respetaran las palabras del señor Bernales acerca de que Carabineros no discriminaba. En tanto, en el caso de otros funcionarios de instituciones policiales como el de César Contreras, quien envió su solicitud el 25 de marzo, aún no ha recibido respuesta, al igual que Rivas y Salgado, quienes han sufrido el peso de ser homosexuales en Chile y a la espera de lo que dictaminen las autoridades respecto a su situación.
En los debates públicos y legales, durante el 2007 no hubo ninguna autoridad en ejercicio de las Fuerzas Armadas o de Orden que relativizara el derecho de las minorías sexuales a ser parte de esas instituciones, tanto así que Carabineros se vio en la obligación de emitir declaraciones expresas sobre la materia, aún cuando se negaron las ilegítimas y comprobadas prácticas que se venían cursando para expulsar a quienes eran identificados como gays. Así, en el 2007 quedó claro para toda la ciudadanía que las minorías sexuales pueden ser parte de las Fuerzas Armadas y de Orden, y que además no existe ninguna normativa o principio ético o moral contrario a ello y de eso debieron en forma inédita dar garantías los Altos Mandos ante la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados (Informe MOVILH, 2007).

Notas y referencias
Este trabajo es el producto final de reflexiones teóricas logradas durante el curso de Psicología Social Contemporánea de la Carrera de Psicología de la Universidad Católica del Norte.

* Jimena Silva Segovia Psicóloga, Doctora en Antropología Sociocultural y Clive Echagüe Alfaro Estudiante de 4º año de Psicología, Universidad Católica del Norte.

Este articulo originalmente fue publicado en la Revista Tercer Milenio, de la escuela de periodismo de la Universidad Católica del Norte, Antofagasta, Chile.
http://www.tercermilenio.ucn.cl/tercer%20milenio%2017/art08.html


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Discursos Masculinos sobre el Poder de las Mujeres en Chile. Sujetos y Subjetividades

Discursos Masculinos sobre o Poder das Mulheres no Chile.
Sujeitos e Subjetividades


Male Discourses over Female Power in Chile.
Subjects and Subjectiveness

Paulina Salinas Meruane*
Susana Arancibia Carvajal**

* Trabajadora social chilena, doctora en ciencias sociales, Freie Universität Berlín, Alemania. Académica Escuela de Periodismo, Universidad Católica del Norte, Antofagasta, Chile.

** Psicóloga chilena, magíster en psicología social, Universidad Católica de Chile. Académica Escuela de Psicología, Universidad Católica del Norte, Antofagasta, Chile.


RESUMEN

En el artículo se exponen algunos de los antecedentes centrales del proyecto de investigación «Poder, participación ciudadana y género: significado del liderazgo femenino desde una construcción masculina».1 Utilizando un enfoque cualitativo, se desarrollaron entrevistas abiertas con el objetivo de comprender el significado que le asignan los hombres al liderazgo femenino. Los discursos fueron analizados en base a la Teoría Fundamentada de StraussCorbin (2003). Los resultados muestran que los varones coinciden en términos generales respecto a los cambios que ha habido en los roles de género, en que las mujeres tienen y deben tener más oportunidades, en que hay una mayor incorporación de éstas en el mercado laboral y en la necesidad de tener relaciones más equitativas al interior de la familia. Así, emergen tensiones que configuran el malestar de la masculinidad traspasando la esfera íntima y cuestionando las relaciones de intergénero actuales. También hay discursos más progresistas en los varones, que se aventuran hacia un reconocimiento de las capacidades y roles que han ido asumiendo las mujeres en el espacio público, aunque se trata de un reconocimiento vigilante, ambivalente, mediatizado por una percepción de confianza/desconfianza, eficiencia/in-competencia, hacia lo que ellas son capaces de lograr.

RESUMO

No presente artigo são expostos alguns dos antecedentes centrais do projeto de pesquisa «Poder, participação, cidadania e gênero: significado da liderança feminina a partir de construções masculinas». Utilizando um enfoque qualitativo, foram feitas entrevistas abertas com o objetivo de compreender o significado que os homens atribuem à liderança feminina. Os discursos foram analisados com base na Teoria Fundamentada de Strauss/Corbin (2003). Os resultados mostram que, em termos gerais, os homens concordam no que diz respeito às mudanças ocorridas nos papéis de gênero, de que as mulheres têm e devem ter mais oportunidades, de que existe uma maior incorporação delas no mercado de trabalho e sobre a necessidade de relações mais eqüitativas dentro da família. Do mesmo modo, emergem tensões que configuram o mal-estar da masculinidade transcendendo a esfera íntima e questionando as relações inter-gênero atuais. Existem também discursos mais progressistas dos homens, que se aventuram a um reconhecimento das capacidades e dos papéis que as mulheres estão assumindo no espaço público, ainda que se trate de um reconhecimento vigilante, ambivalente, mediado por uma percepção de confiança/desconfiança, eficiência/incompetência em relação ao que elas são capazes de conseguir.

ABSTRACT

The present contribution deals with the meaning of the feminine leadership from a masculine perspective. By using a qualitative approach, opened interviews were developed to understand the meaning that men assign to the feminine leadership. The speeches were analyzed on the basis of the Strauss/Corbin-theory (2003). The results show that men agree with the changes experienced by the gender rolls. In a specific way men agree that women need to have more societal-economic opportunities, that it is necessary to have more equitable relationship inside the family. However within this positive framework, emerging tensions configure a dissatisfaction of the masculinity that in turn impact the intimate sphere questioning the present day inter-gender relationship. Finally, there is a men group with more progressive speeches which venture towards a positive evaluation of the women capacities and their assumed public space-rolls. However this positive evaluation is vigilant, ambivalent, and influenced by a perception of confidence/uncertainty, efficiency/inefficiency of the effective societal contribution that women are able to reach.


1. Introducción


En los últimos años Chile registra avances importantes en materia de indicadores sociales, lo que ha permitido que el país alcance un destacado posicionamiento en cuanto al Desarrollo Humano en el contexto latinoamericano (Pnud, 2004:21). Junto a lo anterior, se vislumbra también un mejoramiento en la búsqueda de un mayor equilibrio en las relaciones entre hombres y mujeres, producto de las transformaciones económicas, sociales y culturales de la sociedad chilena y del mundo en general. Tanto la globalización como los cambios de la economía han potenciado demandas de modernización en el espacio íntimo, cuestionándose las bases de la masculinidad autoritaria y la familia nuclear patriarcal, por perpetuar esta última la inequidad, limitar la autonomía, la diversidad y las relaciones democráticas al interior de la familia (Olavarría, 2001:24).


Por consiguiente, mejorar los niveles de Desarrollo Humano exige, entre otros elementos, más poder para cada uno y para la sociedad en su conjunto. En este sentido, el quinto Informe sobre Desarrollo Humano en Chile concluye que hay dos elementos que frenan un mayor y mejor aprovechamiento de las oportunidades que el país ofrece y que se relacionan con la insuficiente disposición de poder social y una desigual distribución del poder de acción personal (Pnud, 2004:87).

Además existe una serie de amenazas que aunque son menos perceptibles, son gravitantes para lograr robustecer la democracia institucional y el ejercicio de la ciudadanía, ambos objetivos que se ha propuesto el Gobierno de Chile en conjunto con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Por un lado, está la permanencia del status quo de parte de quienes no quieren ceder poder y, por otra parte, está también el temor a entregar más poder a las personas —especialmente a las mujeres— y a las organizaciones.

Con respecto a las organizaciones, existe acuerdo en la necesidad de fortalecer la acción colectiva. De hecho, los desafíos actuales que enfrenta el país en un contexto de globalización mundial sobrepasan las capacidades que tiene el Estado y la actuación individual de las personas, es decir, se requieren mayores niveles de cooperación entre actores diversos (Pnud, 2004:89).


En cambio, en lo que concierne a las mujeres existe desconfianza sobre la capacidad de éstas (Pnud, 2004:22). Es relevante considerar que histórica y culturalmente se ha dado una diferencia intergénero e intragénero (entre sujetos pertenecientes al mismo sexo), construida en relación con las diferencias sexuales y las características atribuidas a éstas, lo que ha ido conformando un ordenamiento social con asignación de roles, oportunidades y espacios distintos para hombres y mujeres (Fuller, en Valdés y Olavarría, 1998:258). Esto ha repercutido en la construcción de identidades y subjetividades tanto de lo masculino como de lo femenino. El varón se configura como padre, autoridad en el hogar, trabajador/proveedor, con dominio en lo público. En cambio las mujeres se construyen centradas en la maternidad, protegidas por los varones, dedicadas al hogar y a la crianza y con dominio en lo privado (Olavarría, 2001:41). Los hombres actúan en relación con el mundo exterior a la familia y con la comunidad, en cambio las mujeres se desenvuelven en el mundo interior en el hogar (Fuller, 1998:258).


Sin embargo, se observan transformaciones importantes en el ejercicio de roles de género, aumentando gradualmente la participación femenina en los diferentes ámbitos sociales, culturales, económicos y laborales del país. Por ejemplo, en el sector laboral, la incorporación de las mujeres experimentó durante la década de los noventa un incremento significativo desde un 28,06% en 1992 a un 35,5% en el año 2002, lo cual implica un aumento superior a 7 puntos porcentuales (Ine, 2002), aunque estas cifras siguen siendo bajas respecto al promedio latinoamericano, lo que precisamos más adelante.


En la actividad política, la subrepresentación de las mujeres, pese a los avances experimentados en la última elección presidencial y la conformación paritaria del gabinete de la presidenta, es evidente, siendo un fenómeno que se fortalece en un sistema político caracterizado por la permanencia de una institucionalidad, actores y problemáticas heredadas de la dictadura militar —que han sido levemente corregidos por los gobiernos democráticos— y que son efectivamente inadecuados al tipo de país que los chilenos quisieran construir para insertarse autónomamente en el mundo globalizado (Garretón, 2004).

En el ámbito de la participación política, las organizaciones sindicales están controladas por los varones que son quienes articulan los espacios y redes de homo sociabilidad. Lo mismo se evidencia en los puestos de mayor jerarquía pública (Olavarría 2001:31).


Algunas investigaciones desarrolladas en los últimos años en el país sobre participación femenina (Valdés/Weinstein, 1993; Ruiz y otras, 1998; gim, 2002; Valdés, 2001; Salinas 2002; Sernam, 2004), reflejan lo expuesto y entregan cifras que fundamentan lo señalado. Estos estudios forman parte de una fructífera corriente interdisciplinaria de estudios de género que se ha desarrollado en Europa y en los ee.uu. desde la década del 50 en adelante, con los aportes de Money y Stoller (1960), quienes distinguieron los conceptos de sexo y género hasta los estudios de Teresita de Barbieri (1994) que definió el sistema de sexo-género como un conjunto de prácticas símbolos y representaciones, normas y valores sociales que las sociedades elaboran a partir de la diferencia anatomo-fisiológica y que dan sentido a la satisfacción de los impulsos sexuales, a la reproducción de la especie humana, y en general, a los relacionamientos entre personas.


Este largo recorrido ha llevado, por una parte, a mostrar que existen diversas teorías de género y, por otra, se ha enfatizado en investigaciones que denuncian la condición de discriminación y subordinación de las mujeres, cuestión que ha sido importante, pero no suficiente, ya que se ha invisibilizado muchas veces que el género es un constructo sociocultural que alude a las relaciones de poder en las que participan hombres y mujeres (Bonder, 1999:36). Es decir, esta lógica binaria sigue presente en muchos de los estudios de participación y liderazgo femenino, en los cuales se reproduce la polarización en el análisis sobre la realidad femenina, excluyendo las diferentes perspectivas masculinas, en torno de las cuales precisamente se ha instituido el ejercicio del poder, además de no entregarse conocimiento acabado acerca de las relaciones entre los géneros (López/Güida, 2006).

En este sentido, la tendencia ha sido más bien a no reconocer que la identidad masculina, al igual que la identidad femenina, depende más de las cualidades sociales que biológicas, y que pasa por etapas marcadamente distintas según el momento del ciclo vital en que se encuentre la persona (Fuller, 1998:259-260).

Este estudio se propuso algunos avances en este sentido, ya que se planteó la comprensión de los aspectos subjetivos relacionados a la conformación del liderazgo femenino, utilizando el género como una categoría de análisis de todos los procesos y fenómenos sociales, en lugar de reducirlo a una cuestión de identidades y roles. En este sentido, en palabras de Gloria Bonder (1999:35), implicó pensar el proceso de subjetivación en términos de una trama de posiciones de los sujetos, inscritas en relaciones de fuerza en permanente juego de complicidades y resistencias. Develando la compleja interrelación de identificaciones heterogéneas situadas en una red de diferencias desiguales.


Surge entonces la pregunta sobre la percepción que poseen los varones, desde su subjetividad respecto al empoderamiento femenino, ya que algunos antecedentes dan cuenta de lo complejo que resulta para ellos vivenciar cambios en el ejercicio del poder. El último informe del Pnud (2004) acusa inicialmente este proceso; donde se indica que: «Los hombres resienten el acceso de las mujeres al poder, pero no logran elaborar un discurso propio sobre su situación» (Pnud, 2004). Uno de los cambios importantes que arrojan las últimas investigaciones, se relaciona con el cuestionamiento que comienzan a hacer los varones acerca de las demandas que les plantea la masculinidad. Son manifestaciones de malestar que se extienden más allá de la esfera íntima y que llevan a muchos hombres a cuestionarse sobre lo que hicieron como varones, padres, parejas, a cuestionarse sobre lo que actualmente hacen y a no tener claro cómo lo harán en el futuro (Olavarría 2001:33).


Precisamente, estudiar y profundizar en las dimensiones de esta tensión ha sido el propósito de la presente investigación, lo que implicó desarrollar un abordaje distinto a lo que hasta ahora se ha realizado desde una perspectiva de género —léase mujeres—. Es decir, nos interesó responder algunas interrogantes tales como: ¿cómo significan y organizan el poder los varones?, ¿cómo perciben los cambios que han experimentado las mujeres en el ejercicio del poder?, ¿qué fortalezas y debilidades ven en esta nueva forma de ejercer el poder? y ¿cómo perciben y experimentan estos cambios?



2. Antecedentes metodológicos


El estudio tuvo un carácter exploratorio, con fines descriptivos e interpretativos. De acuerdo a los objetivos, se utilizó un enfoque cualitativo, es decir, se asumió una concepción investigativa que parte del supuesto de que la realidad social es subjetiva, múltiple y cambiante, es el resultado de una construcción de los sujetos participantes que se encuentran en interacción con otros miembros de la sociedad (Gil, 1994; Ruiz, 1996; Valle, 2000). De este modo, la investigación se realizó desde una perspectiva holística, buscando comprender los significados que le asignan los hombres al liderazgo femenino en un sentido global y no centrado en variables particulares. El interés estuvo en la comprensión de las experiencias individuales y subjetivas de cada uno de los entrevistados.


Se aplicaron entrevistas abiertas de carácter individual, ya que la característica dialógica de esta técnica de investigación posibilitó acceder a los significados de los actores participantes del estudio. Las entrevistas se desarrollaron en forma secuencial (comparación constante), de tal manera que una vez que la primera entrevista fue realizada se procedió a su trascripción y análisis preliminar; de este modo la segunda entrevista incorporó los aportes de la primera y así sucesivamente, desarrollándose la fase de recopilación de los datos hasta lograr la saturación de la información.


Las entrevistas giraron en torno a los siguientes ejes temáticos: significado del poder, ejercicio del poder, poder y relaciones familiares, organización del poder, mujeres y poder, ejercicio del poder femenino, aspectos históricos del poder femenino, cambios en el ejercicio del poder entre hombres y mujeres, percepción de los cambios entre hombres y mujeres, fortalezas y debilidades del ejercicio del poder femenino, percepción del liderazgo y participación femenina, comparación entre hombres y mujeres en el ejercicio del liderazgo.


De acuerdo a las preguntas y objetivos de la investigación se utilizó un muestreo cualitativo intencional (Ruiz, 1999:64). Para tal efecto, se estimó un universo de veinte varones de la ciudad de Antofagasta, con distintos niveles educacionales, nueve de los entrevistados son profesionales universitarios, cinco cuentan con formación técnica, tres son estudiantes universitarios y tres poseen cuarto año medio rendido. Las edades fluctuaron entre los 19 y los 63, con una edad promedio de 40 años.


La validez del estudio intentamos garantizarla a través de la aplicación de los siguientes criterios: i) credibilidad, por medio de una triangulación teórica; ii) transferibilidad, criterio que contempló descripciones espesas, para lo cual se planificaron entrevistas abiertas que posibilitaron a los sujetos explayarse libremente por los temas, y iii) saturación, criterio que guió la recolección de información, de tal modo que cuando hubo una reiteración de los temas de investigación y un nuevo entrevistado no aportó nuevos antecedentes se finalizó la recopilación de los datos.


El análisis de los discursos obtenidos se realizó según la Teoría Fundamentada de Strauss/Corbin (2003) y complementada con las propuestas de análisis de Ian Dey (1993), que le otorga relevancia a la vinculación de los datos con la teoría. Estas perspectivas metodológicas fueron consideradas apropiadas para la investigación, ya que generan resultados que describen el fenómeno y permiten establecer relaciones teóricas. Se trató de situar los discursos no sólo en consideración al marco situacional, sino también a los propios sujetos y sus subjetividades (Alonso, 2003:204).


Una vez hecha la codificación de los discursos, se segmentó el análisis en dos partes a fin de identificar, en una primera instancia, los aspectos que giraban en torno a los significados que le otorgan al poder los hombres y sus percepciones sobre los cambios que han experimentado las mujeres. Posteriormente se exponen las fortalezas y/o debilidades que esgrimen ellos sobre el empoderamiento femenino.




3. Resultados


En Chile, las investigaciones sobre los hombres y la masculinidad comienzan con mayor énfasis en la década del 90, siguiendo los avances teóricos que se habían iniciado quince años antes en Norteamérica y Europa. Los distintos autores coinciden respecto a las transformaciones de la masculinidad, que ha implicado, entre otros fenómenos, una disminución en la exclusividad de los espacios de poder que históricamente eran asignados a los hombres, tanto en el ámbito público como en el privado, configurándose nuevas formas de relación en la familia, en el trabajo y en las distintas esferas de sociabilidad.


En un mundo mucho más interrelacionado y comprimido que en épocas anteriores, donde los avances de los movimientos de mujeres, los cambios en los mercados laborales y financieros, las migraciones masivas, la emergencia de nacionalismos en distintas partes del mundo, entre otros, han modificado los equilibrios previos, emergiendo nuevos órdenes de género en los que se cuestionan algunos valores como la masculinidad hegemónica y emergen otros en el seno de la globalización (Moreno, 2001:37).

Araujo y Rogers (2000:60) se refieren a este proceso de transformación como ruptura de ciertos sustentos estructurales que se acompañan por la pérdida de los significados de la masculinidad, develando distintas masculinidades, que diferencian las identidades y amplían las formas de construir lo masculino.

Dicho esto y teniendo presente el proceso de cambio que están experimentando las sociedades latinoamericanas, en el presente artículo interesa profundizar en un ámbito más específico sobre las construcciones que tienen los hombres respecto al empoderamiento femenino.



a) El empoderamiento femenino, entre avances y retrocesos


Los discursos de poder y empoderamiento han alcanzado gran relevancia en círculos internacionales, desde funcionarios de Naciones Unidas hasta del Banco Mundial, se refieren a la necesidad de empoderamiento, especialmente de las mujeres. Asimismo, en las Ciencias Sociales los debates sobre el poder y sus dimensiones ocupan una centralidad creciente (Young, 2000; León, 2000). Hay preocupación por la inclusión y exclusión, por la gama heterogénea de sujetos que luchan por participar y los desafíos que tienen las mujeres por revertir las estructuras que las marginan del poder y produce inequidades. Pese a esto, no existe una definición acotada del empoderamiento, éste está especialmente referido a los estudios sobre las mujeres, educación popular y desarrollo (Schuler, 2000:30).


En el marco de esta investigación se concibió el empoderamiento en estrecha vinculación con la distribución, circulación y ejercicio del poder y en ese sentido, es la capacidad de las personas de tomar control sobre sus propias vidas, lograr habilidades para hacer cosas, sentar sus propias agendas, es decir, es la capacidad de alterar los procesos y estructuras que reproducen la posición subordinada de las mujeres (Young, 2000; Deere/León, 2002, Foucault, 1992). Al respecto uno de los entrevistados acota,


Hay distintas maneras de ejercer el poder. El poder que te entrega un cargo por ejemplo, y tú ejerces el poder que ese cargo ostenta. Otra forma de ejercer poder es por tu capacidad, tu conocimiento y que los demás te legitimen, en ese sentido a lo mejor no tienes el cargo o la autoridad formal, pero si el resto ve que tú eres capaz te van a seguir; entonces en ese sentido vas a tener poder para influenciar en la conducta del otro.2







El empoderamiento se relaciona con el poder como relación social. Las sociedades están atravesadas por relaciones de poder que funcionan a través de la acumulación, circulación y funcionamiento de un «discurso de verdad», relaciones de poder que se transforman en relaciones de dominación bajo formas de derechos (leyes, aparatos, instituciones, reglamentos, etc.) (Foucault 1992:157). Adoptan la forma de técnica o instrumento de intervención. Así, Foucault precisa, «entre un hombre y una mujer, en una familia, entre un maestro y un alumno, entre el que sabe y el que no sabe, pasan relaciones de poder».


El poder es lo que permite en un momento dado ordenar, administrar, mandar y satisfacer necesidades, se me ocurre que el poder antes estaba en la fuerza, hoy día el poder está en el conocimiento. Hoy día yo creo que el gran cambio que ha habido en la humanidad, es que el poder ya no viene del dinero, no viene de la fuerza, si no que del conocimiento, el que más sabe es el que puede mandar a los demás.3






Las relaciones de poder pueden significar dominación, pero también resistencia a fuentes existentes de poder (Deere /León, 2002; Foucault, 1992). En los discursos analizados hay coincidencia en las configuraciones que hacen del poder los hombres, atribuyéndole algunos una connotación positiva de acuerdo a cómo se utiliza. Sindican el dinero, la clase social, el conocimiento y la información como fuentes centrales de poder; en cambio disminuye la importancia que le asignan a las relaciones de fuerza y coacción. Esto evidencia un cambio no menor en la ciudadanía, ya que estas formas de ejercer el poder marcaron las relaciones sociales en Chile bajo la dictadura militar entre los años 70 y 80, desencadenando un proceso sistemático en el país de atropellos a los derechos humanos.

En los discursos, la resignificación de las formas de relación da cuenta de los avances del proceso de democratización que se ha construido en los últimos años en el país, y cómo éste ha plasmado los discursos y representaciones sociales de la ciudadanía.


Nuestra sociedad ha cambiado, desde el momento en que las mujeres empiezan a votar; era obvio que iban a exigir más participación y les encuentro toda la razón, nuestra sociedad también va cambiando porque se va globalizando, va adquiriendo influencias de otros lados, entonces también las mujeres van demostrando día a día que son capaces.4

Antes de llegar a la democracia, era muy difícil ver a una mujer figurando en algún ámbito. Con la llegada de la democracia creo que se ha abierto un poco más. Ya ahora estamos abiertamente en un matriarcado, obviamente la mujer de hoy está mucho más empoderada.5









El poder, como una dimensión fundamental e ineludible en toda relación social, adquiere múltiples formas y se transforma históricamente. Legrand (1989:27) reconoce tres tipos de poder: el poder-fuerza, el poder-seducción y el poder-dirección. Cada uno de estos tipos de poder se ejerce de distintas formas. El poder-fuerza hace referencia no sólo a la fuerza física, sino al poder que tiene el lenguaje como instrumento para forzar a alguien. Dentro de este tipo de poder se encuentra la violencia, la coacción, la coerción o represión, modalidades del poder-fuerza que suscitan una resistencia.

En los discursos de los hombres se constata que las referencias al poder se vinculan con los tipos de poder denominados fuerza o dirección, no siendo sindicado por ellos explícitamente la seducción como una modalidad del poder, lo que no implica que no exista, ya que reconocen en el trato más amable y cordial empleado por algunas mujeres, condiciones para ejercer poder.

Los hombres le asignan al poder la capacidad de permitir ordenar, administrar, dirigir, mandar, influir o manipular a las personas, de hacer y de acceder a las cosas, dicen:


El poder es como tener el poder absoluto, atribuciones sobre las demás personas que puedan influir en el desarrollo de las demás personas, o sea, es como quitarles su individualidad a las personas, como forma autoritaria.6


El poder tiene que ver con lo que yo puedo hacer [...] las cosas a las que yo puedo acceder, y las cosas que yo puedo dirigir, y en el fondo si yo dirijo, quiero que me salga como yo quiero, como yo me las imagino.7









En cambio el poder-seducción es en el fondo una forma que se disimula o se oculta, el poder está enmascarado. Este poder-seducción es el que se denomina en ocasiones manipulación. Manipular a alguien es utilizarlo, pero sin que esa persona lo sepa, sin que se dé bien cuenta, de manera que la acción le parezca que viene de sí misma. Con respecto, al poder-dirección, es aquella modalidad que se refiere al poder que procede del contrato, es decir, cuando los individuos se reúnen en una acción común y se ponen de acuerdo para delegar en alguno de ellos, de acuerdo a su competencia, en este caso la competencia es el medio por esencia del poder-dirección (Ibídem, 28).

Así, la posición de poder de los individuos y las instituciones depende de la relación que se establece entre diferentes factores de clase, estatus, ocupación.


Muchas veces hasta las secretarias tienen un cierto poder, porque si tú le caes bien cual es premio que es atenderte o decirte que el jefe está, si no, te lo va a rehusar, es un poder también interesante el poder de premiar, se dice que muchas veces hay personas que premian con una sonrisa o que te premian con una palabra, pero es un premio.8


Significa, a lo mejor, que una persona con clase alta, con bastante influencia, puede tomar decisiones, que puede tener a lo mejor influencia en la sociedad, en una persona o un estatuto [...] que tiene influencia, donde él puede tomar decisiones sin consultarle a nadie. Eso significa poder, como el presidente que tiene ciertos poderes, como el papá que tiene cierto poder o la mamá que tiene cierto poder en su grupo familiar [...] y toman decisiones.9













De esta forma, las relaciones entre hombres y mujeres están atravesadas por mecanismos de poder, que constituyen relaciones de fuerza que condicionan el posicionamiento social y cultural de cada género en los distintos ámbitos de la vida social.

Aunque los hombres entrevistados pertenecen a distintas generaciones, muestran discursos similares respecto al empoderamiento femenino, coinciden de un modo global en que ha habido cambios en los roles de género, que las mujeres tienen y deben tener más oportunidades, que hay una mayor incorporación de éstas en el mercado laboral, en la necesidad de tener relaciones más equitativas al interior de la familia. Junto a esto también percibido por los varones la vigencia de las estructuras de clase, las jerarquías sociales y la autoridad como mecanismos que condicionan las relaciones interpersonales de los sujetos y que se amalgaman con las diferencias de género.

Acá en el norte en donde somos descendientes directos o indirectos de una cultura pampina, en donde la virilidad masculina se medía con un poder absoluto, o sea, aquí en la pampa el hombre [...] lo que el hombre decía era ley, la mujer era una sometida, tenía que hacer lo que el hombre decía, y esto se fue abriendo a través del tiempo, tiene que abrirse más todavía, todavía nos falta harto por avanzar.10






La construcción de género que se ha desarrollado en las zonas mineras ha sido compleja y se han establecido relaciones de subordinación y exclusión de las mujeres. En un estudio realizado en la mina de cobre El Teniente en Rancagua permite hacer un paralelo con los procesos experimentados en el norte de Chile. Se expone que las mujeres casadas, para mantener su precaria posición económica y defenderse del domino de sus parejas, recurrían a la ideología de la domesticidad y a los derechos que les concedía su condición de mujeres casadas y madres de familia. Era en el interior de la familia nuclear donde se vivenciaban los códigos culturales dominantes y se plasmaban las instituciones sociales en las que se reproducía el régimen de género característico de las zonas mineras, hombre proveedor y mujer dueña de casa (Klubock, 1998:113).

Yo creo que es un cambio social, un cambio en la mentalidad que la gente está enfrentando, o sea, hoy en día la mujer es [...] una fuerza laboral que ya está en todas partes, digamos [...] se ganó el lugar, ya se lo está ganando, yo creo que hoy día todo el mundo reconoce que la mujer forma parte del ámbito laboral, muchas colegas mujeres en todas partes, de todas las áreas, por lo tanto, yo no sé si todavía habrá discriminación.11







Aunque los testimonios dan cuenta de los cambios percibidos por los hombres en relación al posicionamiento de las mujeres en la sociedad, cabe destacar que estas afirmaciones se limitan a modificaciones en los discursos, pero no en los mandatos de género, ya que son los hombres los que ejercen el poder y los que han posibilitado el acceso de las mujeres, cuando ellas han mostrado capacidad. En consecuencia, el riesgo está en que con estos discursos se crean representaciones sociales, que hacen sospechar, incluso, la vigencia de los discursos sobre la discriminación de género. Contrariamente es en esta ambivalencia en la que se plasman los laberintos del poder y se encubren relaciones de micromachismo, como lo denomina Bonino (citado por Celedón, 2001:147). Esto es, pequeños, casi imperceptibles controles y abusos de poder naturalizados por los hombres, que restringen el poder personal y la autonomía, afectando la democratización real de las relaciones intergénero (Ibídem:147).

Las expresiones de micromachismo lleva a que en sectores por ejemplo universitarios de la sociedad, en los que la población tiene mayor nivel de instrucción los discursos sobre las diferencias de género se han vuelto más sutiles y por momentos casi imperceptibles; allí la sutileza del dominio se torna un obstáculo difícil de desmontar (Güida, 2001).

En síntesis, el empoderamiento femenino ha sido un proceso zigzagueante y estrechamente condicionado a las condiciones de clase, etnia, edad y género de las mujeres, por lo tanto no es posible establecer un criterio de homogeneidad en una sociedad como la chilena donde la fragmentación y exclusión social constituyen una problemática transversal e insoslayable a cualquier análisis que se haga desde las ciencias sociales.


b) El malestar de la masculinidad


Como mencionamos, por una parte los hombres valoran positivamente los avances y cambios socioculturales que ha tenido el país y el mundo en general, lo que ha permitido una mayor participación de las mujeres en el ámbito público. Sin embargo, simultáneamente en los discursos se develan las tensiones que estarían configurando el malestar de la denominada masculinidad. Este no siempre es consciente, por parte de los hombres e incluso resulta difícil su verbalización por parte de ellos, lo que se concreta en que hay aspectos en la transformación de roles de género que les incomoda y que los llena de incertidumbre, ya que este nuevo escenario implica nuevas demandas y ajustes en las relaciones de género.

En otras palabras, el cuestionamiento que se hacen los varones sobre las demandas de la masculinidad hegemónica aprendida, son manifestaciones de una tensión que traspasa la esfera íntima (Olavarría, 1998:26), alcanzando la esfera laboral, política y social en general, espacios en los que las mujeres, aunque lentamente, han ido accediendo en los últimos años.


Creo que la mujer está preparada, creo que ha avanzado mucho, creo que ha ganado mucho terreno, y la mujer está preparada para hacer lo que quiera, lo que quiera [...] me incomoda sí. Prefiero un mundo de hombres, creo que el poder se ha hecho para que lo administren los hombres, pero me he comenzado a adaptar a los nuevos tiempos y acostumbrar a la idea de que la mujer también puede administrar el poder, pero en la actualidad no está claramente demostrado que la mujer puede administrar el poder.12







Estos discursos interpelan no sólo a las mujeres, sino a la sociedad en su conjunto, ya que constatamos que, junto con aumentar la participación de las mujeres en los distintos ámbitos del quehacer nacional, alcanzando éstas mayor autonomía, también se han incrementado gravemente problemáticas tan agudas como la violencia doméstica. Las cifras indican que, por ejemplo en Argentina, una de cada cinco mujeres que vive en pareja sufre malos tratos y la mayoría de ellas ya lleva 20 años soportando estos abusos. En México, el 70% de las mujeres aseguran sufrir malos tratos. En España, según fuentes oficiales, el año 2001 murieron más de 35 mujeres de manos de sus maridos o novios (Utopía, 2001). En Chile la situación es similar, con cifras que indican que el 38,8% de las mujeres ubicadas en estratos socioeconómicos alto y medio-alto de la Región Metropolitana ha vivido situaciones de violencia en la pareja. En las de sectores medios, el porcentaje alcanza a un 44,8%, mientras que en sectores bajos asciende a un 59,4% (Sernam, 2003). Si se analizara país por país, las cifras y porcentajes resultantes de la violencia doméstica son impresentables; cabe preguntarse cuál es el delito que han cometido estas personas para ser tratadas así, ¿ser mujeres?

La violencia doméstica es una manifestación de una reacción irracional de defensa contra el reto que representa la liberación femenina y la irrupción de las mujeres en el espacio público, es un intento por proteger los privilegios masculinos que han perdido legitimidad (Fuller, 1998:265).

Los discursos sociales que actúan como basamento de la masculinidad hegemónica y que son determinantes en la construcción de la identidad/es de los hombres, se observa que los varones se encuentran atrapados en una lógica en la que trabajo-dignidad y capacidad se relacionan en un círculo vicioso, que condiciona la idealización de la identidad masculina adulta. El trabajo es un instrumento de realización para los hombres y es lo que se espera de ellos; a través de éste constituyen un hogar, son proveedores y de esta manera cumplen los mandatos de ser jefes de hogar y autoridad en la familia (Olavaría, 2000:13). La pérdida del trabajo por tiempos prolongados, produce muchas veces quiebres biográficos complejos de superar, no sólo por el hombre que sufre la experiencia, sino también por el resto de la familia que reproduce estos mandatos de género.

Connell (1998:85), refiriéndose a este fenómeno precisa que las políticas neoliberales han producido una reducción del Estado como generador de empleo y lo mismo ha sucedido con el tamaño de las empresas, provocando que el desempleo sea una problemática que atraviesa a los países más y menos industrializados, fenómeno que trae aparejado por una parte la precarización de la salud mental de los hombres, y por otra una mayor participación femenina en el mercado laboral, ya que producto de esta misma precarización, se privilegia la mano de obra barata, lo que favorece la inclusión marginal de las mujeres al trabajo. Los entrevistados dicen:


El desempleo, en algunas carreras, en las cuales las mujeres se están metiendo es muy fuerte y ahora están intruseando en otras carreras y no sé si el mercado dará para tanto, que sea capaz de adaptarse a la misma velocidad, es una cuestión de recursos y activos fijos la irrupción de la mujer en el trabajo, si este fenómeno no se hubiese producido a lo mejor los impactos serían menores.13






El trabajo como un componente central en la configuración identitaria de los hombres constituye una territorialidad en la que se han desempeñado con total autonomía y libertad, por lo tanto la incursión de las mujeres, sobre todo en aquellos nichos laborales definidos tradicionalmente como espacios masculinos, produce mucho temor por parte de ellos ya que se fragmentan las certezas, la seguridad con la que han contado por generaciones.

Aunque, como decíamos, la incorporación de las mujeres al empleo es precaria, de hecho las cifras muestran que en el país las mujeres representan sólo un 36% de la fuerza laboral, mientras que en el resto de América Latina el porcentaje asciende al 44%, y se mantiene la brecha salarial que permite que ellas reciban remuneraciones que están entre un 30% y un 40% menos que las remuneraciones de los varones desempeñando iguales funciones (Katanella y otras, 2005:2).


Mi profesión es demasiada cerrada al varón. Las mujeres que han entrado en mi profesión, les ha costado bastante en ingeniería civil, parten cerrándoles las puertas [...] parten enseñándonos mal, nos hablan mal de las mujeres, nos hablan mal de las profesoras mujeres, las ponen por debajo de ellos. Entonces van creando como una mentalidad de represión. Por lo menos en mi carrera le veo un futuro difícil.14

Yo siento que no estamos todavía preparados para eso [empoderamiento femenino], para mí es un cambio muy radical. Todos los empresarios son varones y varones viejos a la antigua y no van, yo creo que no van a querer que una mujer venga a guiarles su destino.15

Los hombres ya estamos quedando atrás, en todas partes, si es obvio, es que yo digo una cosa por ejemplo yo creo que en el mundo o en este país el hombre está acostumbrado a mandar, entonces el hombre era como un monumento nacional que no se podía tocar porque era el que mandaba.16














Con los cambios globales que se han producido, como mencionamos, el ordenamiento de género tradicional en el espacio privado comienza a debilitarse y con ello también las relaciones de poder binarias hombre-activo/mujer-pasiva. Actualmente las mujeres/madres salen del hogar y su incorporación al mundo laboral les ha traído mayor autonomía, como decíamos, y una participación directa en la mantención de la unidad doméstica. Proceso que no ha estado exento de dificultades, pues los quiebres de las relaciones de pareja, la violencia doméstica y la incapacidad del varón para proveer a su familia, son algunos de los factores desencadenantes de la crisis que vive actualmente la familia nuclear patriarcal.

Más aún, este proceso transformador no ha traído aparejado una ocupación real y sistemática de los hombres del espacio doméstico dejado por las mujeres. En aquellos casos que así ha sido, es el resultado más bien de un arreglo parcial, de algunos grupos familiares que no poseen los medios económicos para contar con servicio doméstico u otro medio, lo que constituye un caldo de cultivo para que se generen conflictos intrafamiliares, debido a la presión que genera compatibilizar las demandas del trabajo y la familia.

En cambio en los sectores medios-altos el espacio dejado por las mujeres/madres que trabajan es cubierto por personal de servicio que participa en el acompañamiento, crianza de los hijos y mantención del trabajo doméstico. Realidad que es compartida por el grupo minoritario de la fuerza laboral femenina.


c) Fortalezas y debilidades en el ejercicio del poder femenino


La creciente, aunque dificultosa, incorporación de las mujeres a la esfera pública ejerciendo cargos de poder y un aumento de su participación en distintos ámbitos ha sido de dulce y de agraz. Por un lado, ha implicado el reconocimiento de la legitimidad de sus derechos civiles y ciudadanos, más allá del campo doméstico, con una incipiente apertura de las estructuras societales que la validan como sujeto en igualdad de derechos, pero que no ha estado exenta de inequidades. Por otro lado, estos cambios no han venido aparejados necesariamente a una reconfiguración en el ejercicio de los roles. Las mujeres se ven impelidas a ejercer una multiplicidad de papeles, exigiéndoseles y autoexigiéndose eficiencia en todos y cada uno de ellos, lo que deviene en un lógico deterioro de su calidad de vida, con todo el costo social que ello involucra.


Para una mujer debe ser súper difícil, por ejemplo trabajar en un ambiente en donde casi todos sus compañeros son hombres, y lo he podido leer, y lo he podido ver en varios reportajes, en donde muchas empresas, de repente no tienen ni siquiera baños para mujeres, o camarines para mujeres, y en algunas partes inclusive, han tenido que ducharse juntos, o han tenido que habilitar alguna parte, en donde la compañera mujer pueda estar tranquila.17


El hombre tiene más derecho, hay algunas leyes que benefician más al hombre que a la mujer, por ejemplo la Isapre discrimina a la mujer en período fértil, es una discriminación hacia la mujer.18


Y aquí viene el reconocimiento mío hacia la mujer porque asume varios roles, que no sé si son secundarios o primarios, que es el rol de ser madre [...] no me veo yo siendo ser madre [...] sí puedo ayudarla en ese rol, puedo acompañarla en ese rol, pero no veo bajo ningún punto de vista en el poder ser madre [...] en el rol de mantener un hogar. No sé con qué facilidad lo hacen las mujeres de que llegan de su trabajo, se preocupan de los niños, se preocupan de la casa y al otro día salen como lechuga.19

















Con base en las diferencias sexuales y las características culturales e históricamente atribuidas a éstas, el ejercicio de poder de parte de las mujeres es significado por los varones entrevistados desde dos ópticas diametralmente opuestas. En primer lugar, existe una idealización de las competencias que pueden demostrar las mujeres cuando ejercen el rol de líderes, las cuales facilitarían su desempeño y serían el resultado de factores innatos que interactuarían con los de crianza. Dando cuenta del proceso de socialización diferenciado en los que participan hombres y mujeres, que ha incidido en la construcción de identidades y subjetividades masculino/femeninas. No obstante, se visualizan características como inherentes, es decir, asociadas a un enfoque escencialistas sobre la condición de ser mujer que desde la perspectiva de los varones entrevistados, serían inmodificables.


El liderazgo femenino se tendría que ejercer desde la perspectiva que ellas desarrollan, que es la sensibilidad y esta sensibilidad se traduce en que ellas, tal vez porque no soy mujer no te podría decir, pero siento yo que hay una diferencia por algo de género.20


Y ellas siempre, intrínsecamente, están muy ligadas a prevenir o a prepararse para cualquier tipo de contingencias y es a lo mejor que es algo muy propio de ellas. Igual que los detalles, el asunto de los detalles, el ojo de una mujer es mucho más crítico ante cualquier situación que el de un hombre.21


De repente a lo mejor una sede social, o hacer un proyecto, la mujer es como más sensible en ese aspecto, por lo tanto, perfectamente puede hacer un proyecto, que va más enfocado a lo mejor al mundo infantil, la mujer tiene la sensibilidad de haber traído al mundo los hijos.22
















Pese a lo anterior, hay algunos discursos que dan cuenta de importantes cambios que se han experimentado hacia un ejercicio igualitario de la participación de hombres y mujeres.


Lo encuentro quizás bastante bien porque no necesariamente los hombres somos capaces en desempeñarnos como las mujeres, a lo mejor sí las mujeres tienen mayor capacidad que los hombres y me parece bastante bien, me parece que si están ahí por sus capacidades [...] muy bien e indiferentes del sexo de que sean, hombres o mujeres, sino lo importante es la capacidad de la persona, cómo se han desempeñado.23


Bueno, ellas se han ganado un espacio, por lo tanto [...] no es que estén dejando atrás a los hombres, sino que se ha visto la calidad, lo inteligente que son para hacer cosas: negocios, liderar empresas y en cada área [...] ventas, bueno, si lo han hecho es porque lo han hecho bien, creo que lo han hecho bien.24













En segundo lugar, el ejercicio del poder femenino, conforme al discurso de los entrevistados, se ve obstaculizado no sólo por variables culturales, sino también por limitaciones físicas (menos fuerza) y biológicas (el ciclo menstrual). Se reconoce que aún no se han generado las condiciones suficientes y necesarias ni para la participación femenina en el quehacer público ni para el ejercicio de su liderazgo.


Pero hay cargos donde no podrían ejercerlo de igual manera, porque físicamente la mujer no es igual que el hombre, y hay ciertos días en el mes donde la mujeres no actúan de la misma manera que actúan el resto del mes.25


En este momento tienen más desventajas, por todas las razones que yo te esgrimí antes, tienen más desventajas porque tienen que cambiar de rol, se tienen que masculinizar muchas veces, se tienen que olvidar de esa parte que es esencial en ella, entonces tienen más dificultades.26


Y yo creo que lo mejor ahí pueda haber una debilidad en la mujer, porque le cuesta mucho golpear la mesa, o sea, Eva Perón, la mujer de hierro, la Margaret Thatcher, mujeres muy fuertes, dentro de nuestro propio país, la Mónica Madariaga, mujeres que eran capaces de golpear la mesa, y por eso que llegaron y lograron liderar y fueron fuertes ¿te das cuenta? La mujer en general que no es fuerte, todavía creo yo que le costaría ser buen líder, porque al final tiene que tener todas las cualidades.27

















Las dificultades que enfrenta el mundo femenino al momento de insertarse en la actividad social pública, a juicio de los entrevistados, dicen relación con las resistencias y los temores que emergen en algunos varones, quienes se sentirían amenazados por el accionar de las mujeres, intentando invalidar sus capacidades. Aun más, se tendría la creencia de que no existe un número suficiente de mujeres que puedan desempeñarse en cargos de alta responsabilidad, y aquellas que han logrado posicionarse en espacios de decisión han tenido que asumir los mandatos masculinos del poder.


Cuesta a lo mejor al principio cuando llega una jefa de que se le tenga respeto, necesita ella cada vez que llega, necesita demostrar que sabe. Y a lo mejor puede llegar un jefe ah no por ser hombre: «ah no el compadre debe saber, le debe pegar…», en cambio si llega una jefa: «no, si parece que no cacha na’ [...] si llegó ahí con pituto». Entonces siempre necesita estar demostrando algo, es capaz de hacerlo [...] siempre se la va a estar cuestionando.28


No es que tienen más ventajas, yo creo que los hombre, quizás los hombres estamos hiriendo a la gente, probando a las mujeres en todo ámbito de cosas. No sé si tratar de bajarla o poco menos que de aserrucharle el piso, pero siempre estamos pendiente de lo que las mujeres hacen, quizás es un tema, es un tema cultural no más, que muestren debilidad, estamos siempre como pendiente de eso, eso hace que tengan más dificultades.29


Es como lo lógico, de que hay una resistencia si te están desplazando y eso genera resistencia [...] y una amenaza podría ser, como dificultad, es que se está esperando mucho de ellas [...] a lo mejor a la primera que se caiga: «ah es que es mujer», ¿te fijas?, y a lo mejor vamos a ser como sociedad injustamente más estrictos a la hora de evaluar.30





















La participación femenina estaría marcada por el constante esfuerzo que deben desplegar las mujeres por validarse frente al mundo masculino e incluso frente a las mismas mujeres. Es decir, para los entrevistados, las transformaciones deben ser generadas desde las diversas esferas de la sociedad.



Hay algunas mujeres que tienen desconfianza de las mujeres, confían mucho más en los hombres para que realicen las mismas tareas. Entonces todavía hay mujeres que todavía le aportillan el suelo a las otras mujeres que están tratando de surgir. Y no son sólo algunos hombres, sino también hay otras mujeres con pensamientos antiguos que tratan [...] que desconfían de la capacidad de la mujer.31







4. Conclusiones


Las preguntas que orientaron la búsqueda investigativa giraron en torno al poder, al empoderamiento femenino y a las transformaciones percibidas por los hombres respecto a los roles de las mujeres en la sociedad.

En este sentido, la percepción de las transformaciones experimentadas por las mujeres son importantes, pero consideradas insuficientes, ya que los alcances que han logrado éstas con una mayor presencia en el espacio público, cuentan con un reconocimiento que se circunscribe fundamentalmente al plano privado, entre «cuatro paredes», es decir, no se han producido discursos sociales que permeen la agenda pública. Los cambios son vivenciados por los ciudadanos en la vida cotidiana, en términos personales; los hombres y mujeres son quienes vivencian frustraciones, desconcierto y agobio en sus relaciones por no contar con recursos personales (cognitivos y socioemocionales), culturales y/o sociales para entender las complejidades existenciales que imponen estas modificaciones.

Los discursos sociales y políticos no acogen ni tampoco se hacen cargo de estas nuevas construcciones personales y sociales de los sujetos. A menudo los temas vinculados a la maternidad, cuidado y crianza de los hijos, discriminación laboral, violencia intrafamiliar, acoso sexual, precarización del empleo, entre otros, son tratados como temas de mujeres y circunscritos a las organizaciones o comisiones femeninas, no alcanzando estas instancias organizacionales una proyección y protagonismo social real.

Estamos presenciando un proceso dinámico y transformador que evidencia elementos de ruptura y continuidad en las relaciones entre los géneros. Por una parte en los discursos masculinos se constata la vigencia de la perspectiva esencialista, que circunscribe a las mujeres en su condición de mujer pasiva y sensible, en correspondencia con una identidad femenina homogénea, construida desde la estructura patriarcal que retrotrae a las mujeres al espacio privado como principales responsables de las tareas domésticas y reproductivas, con una marcada distribución sexual de los roles.

Junto con esto también hay discursos más progresistas en los varones que se aventuran hacia un reconocimiento de las capacidades y nuevos roles que han ido asumiendo las mujeres en el espacio público, aunque se trata de un reconocimiento vigilante, ambivalente, mediatizado por una percepción de confianza/desconfianza, eficiencia/incom-petencia, hacia lo que ellas son capaces de lograr.

La complejidad de este proceso denota las dificultades que están vivenciando los hombres para desmontar las estructuras del poder en las que ellos han sido protagonistas centrales. Las resistencias y avances que se han experimentado se conjugan en la experiencia chilena con la elección de la primera presidenta mujer, ya que este avance real, está atravesado por la permanencia de los mandatos masculinos en el ejercicio del poder.

Ligado a este reconocimiento ambivalente que se plasma en los discursos de los hombres, está el hecho real que no se han producido cambios sustantivos en el espacio privado, ya que pese a la incorporación de las mujeres al mundo laboral, siguen siendo construidas como las principales responsables de la crianza y cuidado de los hijos, de la organización y distribución del trabajo doméstico y, en general, de las tareas que permiten la mantención del mundo privado. Todo lo cual actúa en las mujeres, en términos personales, como mandatos de géneros enquistados en la configuración de su identidad femenina.

La coexistencia de estos discursos develan espacios de contradicciones y tensiones; más aún, ocultan que los hombres estarían más bien viviendo un proceso de reciclaje de su masculinidad, lo que Gomensoro (en Güida, 2001) se refiere a cambiar algo, como una manera que quede todo tal cual está, como una forma de mantener el statu quo.

En definitiva, estaríamos presenciando un «neomachismo», en el que cohabitan hombres y mujeres, estableciendo relaciones de poder que trasuntan los espacios públicos y privados, generando mecanismos sutiles de control poco aprehensibles, donde las tensiones coexisten en cada persona, produciendo un deterioro real en la calidad de vida de cada una de ellas y de la familia en su conjunto.

Antofagasta (Chile), mayo 2006


NOTAS

1 Investigación realizada entre el 2005 y 2006 y que contó con el financiamiento de la Dirección General de Investigación y Postgrado de la Universidad Católica del Norte, Antofagasta, Chile.


2 Hombre, 38 años, ingeniero comercial, casado, dos hijos.


3 hombre, 63 años, constructor civil, casado, dos hijos.


4 Hombre, 27 años, periodista, soltero.


5 Hombre, 29 años, abogado, casado, un hijo.


6 Hombre, 29 años, técnico en computación, casado, un hijo.


7 Hombre, 55 años, ingeniero eléctrico, casado, dos hijos.


8 Hombre, 63 años, constructor civil, casado, dos hijos.


9 Hombre, 30 años, analista computacional, casado, dos hijos.


10 Hombre, 43 años, administrativo municipal, casado, un hijo.


11 Hombre, 46 años, arquitecto, casado, tres hijos.


12 Hombre, 30 años, ingeniero civil, soltero, sin hijos.


13 Hombre, 38 años, ingeniero comercial, casado, dos hijos.


14 Hombre, 30 años, ingeniero civil, soltero, sin hijos.


15 Hombre, 30 años, ingeniero civil, soltero, sin hijos.


16 Hombre, 54 años, cuarto año medio, estafeta, casado, sin hijos.


17 Hombre, 30 años, sexto año de ingeniería civil, soltero, sin hijos.


18 Hombre, 31 años, comerciante, casado, dos hijas.


19 Hombre, 49 años, prevencionista de riesgos, casado, cuatro hijos.


20 Hombre, 28 años, periodista, soltero, sin hijos.


21 Hombre, 33 años, soltero, sin hijos.


22 Hombre, 30 años, sexto año de ingeniería civil, soltero, sin hijos.


23 Hombre, 30 años, casado, dos hijos.


24 Hombre, 53 años, casado, tres hijos.


25 Hombre, 55 años, ingeniero electrónico, casado, dos hijos.


26 Hombre, 28 años, periodista, soltero, sin hijos.


27 Hombre, 46 años, arquitecto, casado, tres hijos.


28 Hombre, 30 años, casado, un hijo.


29 Hombre, 25 años, soltero, sin hijos.


30 Hombre, 38 años, casado, dos hijos.


31 Hombre, 30 años, soltero, sin hijos.




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Nota para el lector: si se quiere emplear la siguiente información para fines acádemicos se recomienda revisar la fuente original en el link:

Ultima décad. v.14 n.25 Santiago dic. 2006